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La historia de Calpe está irremediablemente ligada al Peñón de Ifach, un macizo calcáreo de 332 metros de altura, desde el que en los días buenos es posible divisar las islas de Ibiza y Formentera. Y si desde tierra podemos alcanzar tantas millas, seguro que fue un punto de referencia para todos los primitivos navegantes mediterráneos.

Ya los iberos habitaron en sus faldas y han dejado para nuestra historia necrópolis y poblados. Fueron como casi siempre los romanos – que fueron los primeros que dispusieron de casas para vivir en la playa de Calpe,  los que se asentaron  en la zona conocida como “Los Baños de la Reina” poniendo en marcha explotaciones agrícolas y pesqueras basadas en el garum.

Los árabes, que permanecieron en la zona más de 500 años, construyeron la primera estructura defensiva –el castillo de Calpe- sobre los que paradójicamente se construirían otras fortificaciones para defenderse de sus descendientes tunecinos y argelinos.

Porque este fue uno de los grandes problemas para que Calpe se desarrollara como población entre los siglos XVI y XIX, el peligro de la presencia de “moros en la costa” que tuvo su máxima expresión cuando en el año 1637, con una población, que ya contaba con murallas defensivas, fue asaltada por los piratas berberiscos y de los 350 habitantes, que se supone tenía, se llevaron como esclavos a nada menos que 290, a los que mantuvieron prisioneros en Argel hasta que las familias u órdenes religiosas pagaron sus rescates.

Pero todo aquello quedó atrás y hoy sólo algunos restos de torres de vigía recuerdan aquellos tiempos azarosos, en los que se vivía pendiente de hogueras en las almenaras.

Calpe comenzó a crecer al socaire primero de la actividad pesquera y luego, como en toda la Costa Blanca, por la expansión del turismo. Fenómeno que había tenido ya antecedentes en la época anterior a la guerra, con la construcción de muchos hotelitos y casas para vivir en la playa de Calpe durante el verano.  Pero lo que llegó tuvo poco que ver con aquello y convirtió a Calpe en uno de los focos turístico más importantes de la costa levantina, un núcleo de población cosmopolita y abierto, con los británicos como primer grupo extranjero. Porque muchos llegaron, compraron casas para vivir en la playa de Calpe y se quedaron.

La naturaleza ha sido muy generosa con Calpe, y el azul Mediterráneo le ha dado algunas de las mejores playas y calas del litoral, como la afamada Playa de la Fossa  o Levante, que extiende su dorada arena por más de dos kilómetros al norte de la población, con muchas casas para vivir en la playa de Calpe bordeando toda la zona.Pero no hay que olvidar que para los amantes del buceo encontramos calas de aguas cristalinas, como las Cala de  El Racó o Basetes, donde poder disfrutar de los muchos días de sol que caracterizan a Calpe.

La población se ha extendido mucho, siguiendo la línea costera y hacia el interior. Así, en la zona de la Playa del Arenal hay una buena oferta de diversos tipos de casas para vivir en Calpe, apartamentos en la ciudad y en  las urbanizaciones de los alrededores. Por su parte, en el centro del pueblo y en su casco histórico, los pisos componen la oferta más generalizada. Y todo ello con los servicios más avanzados y completos.

Pero además de la amplia cartera de casas para vivir en Calpe, no podemos olvidar la excepcional oferta gastronómica, que convierte a la dieta mediterránea en una cultura elevada a los altares. Pescados y mariscos, con arroz o sin él, y frutas y verduras frescas de las huertas colindantes, nos aseguran poder disfrutar de un placer para el paladar cada día que pasemos en Calpe. Todo ello sin olvidar sus deliciosos salazones, que cuentan con una tradición de 2000 años en la zona.

Vivir en Calpe es vivir en azul y con olor a mar. Un olor que lo invade todo, un azul que se funde en el horizonte entre el cielo y el Mediterráneo.

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