En un país donde llenar el depósito se ha convertido casi en una pequeña hipoteca semanal, conviene recordar una verdad incómoda que algunas grandes cadenas de gasolineras preferirían que no supiéramos: la gasolina y el diésel que venden no son mejores que los de las estaciones baratas, por mucho que los anuncios insistan en motores felices, coches resplandecientes y gotas de carburante que parecen salir de un laboratorio espacial. La realidad es más sencilla, menos glamourosa… y bastante más irritante para el bolsillo del consumidor español.
Todas las muestras cumplen los requisitos establecidos por la normativa europea
Un análisis independiente de 40 muestras de gasolina 95 y 40 de gasóleo normal tomadas en estaciones de servicio de 26 cadenas diferentes lo deja claro: todas cumplen los requisitos fijados por la normativa europea —la EN 228 para gasolina y la EN 590 en el caso del gasóleo— recogida en el Real Decreto 1088/2010. Ninguna rebasó los límites legales. Ni una sola. Es decir, el carburante que sale del surtidor de una gasolinera barata no es peor ni más arriesgado para el motor que el de una gran marca con neones, marketing envolvente y promesas de eficiencia casi mística.
Analísis de las muestras recogidas
Para la gasolina 95 se analizaron parámetros tan determinantes como azufre, densidad, presión de vapor, evaporado, punto final de ebullición y apariencia. Para el gasóleo, los controles incluyeron azufre, densidad, punto de inflamación, obstrucción de filtro con frío, agua, porcentaje recuperado y apariencia. El resultado es tan contundente como molesto para quienes viven del relato de la “superior calidad”: todas las muestras respetan los límites y no existe diferencia significativa entre repostar en una gran cadena o en una low cost. Algunas se quedaron cerca del límite, sí, pero ninguna lo superó.
Y hay más: el informe constata que no existe relación entre la calidad analizada y el tipo de estación —grande, mediana o barata—, lo que desmonta de un plumazo la narrativa que lleva años circulando: que las gasolineras económicas venden “carburante peor”. No, no lo hacen. Simplemente venden el mismo producto sin el envoltorio caro.
Las diferencias están en el precio
El único parámetro donde sí se detectan diferencias claras —y muy dolorosas— es el precio. Porque mientras la calidad es homogénea, el coste por litro cambia de forma escandalosa según la cadena. Para el gasoil normal, el precio medio por litro en las estaciones analizadas en octubre fue de 1,47 €/l en grandes cadenas, 1,38 €/l en medianas, 1,34 €/l en low cost y 1,32 €/l en hipermercados. La misma molécula, distinta factura.
Esto se traduce en que, para un depósito de 70 litros, repostar en una gasolinera de hipermercado puede suponer un ahorro medio de 10,50 euros frente a hacerlo en una gran marca. En una low cost, el ahorro ronda los 9,10 euros. Y todo ello sin sacrificar calidad, rendimiento ni vida útil del motor.
Repostar diésel
Para el caso del gasoil normal el precio medio por litro en las estaciones de servicio analizadas varía mucho según el tipo de cadena (datos de octubre): 1,47 €/l en las grandes; 1,38 €/l en las medianas; 1,34 €/l en las lowcost; y 1,32 €/l en las de hipermercados. Así, para un repostaje de 70 litros de diésel, el ahorro medio entre acudir a una gasolinera de hipermercado (con el servicio automatizado) frente a una gran cadena es de 10,50 euros de media; y de 9,10 si se reposta en una gasolinera lowcost. Los números hablan solos: quien siga pagando el precio premium por superstición, nostalgia o miedo infundado a la mecánica, está regalando dinero. Literalmente.
Repostar 95
La gasolina 95 sigue el mismo patrón. El precio medio por litro en una gran cadena fue de 1,53 €/l, frente a 1,45 €/l en una mediana, 1,43 €/l en una low cost y 1,40 €/l en una de hipermercado. Para un depósito estándar de 70 litros, el ahorro medio al repostar en un hipermercado respecto a una gran cadena es de 9,10 euros. La diferencia cae a 7 euros si se opta por una low cost. Todo ello, repetimos, con la misma normativa detrás, los mismos controles y la misma calidad.
Entonces, ¿por qué seguimos pagando más?
Porque seguimos comprando relato. Porque las grandes cadenas han logrado instalar en el imaginario colectivo que “lo caro es mejor” incluso cuando los datos lo contradicen punto por punto. Y porque la falta de información clara, sumada a la costumbre, conduce a muchos consumidores a asumir sobrecostes totalmente injustificados en un momento donde cada céntimo pesa.
La realidad logística del sector refuerza aún más la evidencia: el crudo en España se refina en solo ocho plantas y se distribuye mediante oleoductos y centros logísticos que abastecen por igual a todas las estaciones de servicio. Las diferencias se reducen a los aditivos que cada marca añade para distinguirse en el mercado, pero cuyo impacto real en el rendimiento es muy difícil de comprobar.
En conclusión, este análisis refuerza la confianza en el sistema de control antifraude y en la calidad de los combustibles que se venden en España, independientemente del tipo de estación. Una excelente noticia para los consumidores, que no deberían dudar en acudir a la opción más barata, apoyándose en herramientas como los localizadores gratuitos de gasolineras.
Si el coche presenta problemas, basta con cambiar de estación: puede deberse a un depósito sucio o mal mantenido, no a la calidad del combustible. Porque, nos guste o no, la verdad es esta: cuando repostamos en una gran cadena, pagamos más… pero no por un mejor carburante. Pagamos por la marca. Pagamos por el cuento. Y pagamos demasiado.