La guerra en Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz han disparado las alarmas en Bruselas. La Comisión Europea ha convocado a los ministros de Energía de los Veintisiete para coordinar una respuesta ante una crisis que, según el comisario Dan Jørgensen, no será ni breve ni indolora. Los precios del gas han subido en torno a un 70% y los del petróleo un 60% desde el inicio del conflicto, lo que ha supuesto ya unos 14.000 millones de euros adicionales en la factura energética de la UE en apenas un mes. Y eso es solo el principio.
Reducir la demanda es prioritario frente a bajar impuestos
El mensaje de Bruselas es claro, aunque incómodo para algunos gobiernos: en una crisis de suministro, reducir el consumo es más eficaz que abaratar el combustible. La Comisión ha puesto el foco específicamente en el sector del transporte, el mayor consumidor de diésel y queroseno, y ha instado a los estados miembros a explorar todas las palancas disponibles para contener la demanda.
Esto pone directamente en cuestión medidas como la adoptada por el gobierno español de rebajar el IVA a la gasolina. El comisario Jørgensen ha sido diplomático al respecto —reconoce que hay que proteger a los grupos más vulnerables—, pero ha dejado claro que reducir impuestos sobre el combustible en plena crisis de suministro va en dirección contraria a lo que la situación exige. Estimular el consumo cuando el mercado necesita exactamente lo opuesto no es una política de emergencia, es un problema añadido.
Principales medidas a adoptar
El plan de diez puntos elaborado por la Agencia Internacional de la Energía, que la Comisión ha hecho suyo, propone un catálogo de medidas concretas que los estados miembros pueden adaptar a su realidad. El teletrabajo, cuando sea posible, figura como primera recomendación, seguido de la reducción de los límites de velocidad en autopistas en al menos diez kilómetros por hora, el fomento del transporte público y el uso compartido del vehículo privado.
Se propone también la alternancia del acceso de coches a las grandes ciudades según la matrícula, la adopción de técnicas de conducción eficiente y la reducción de los vuelos cuando existan alternativas viables. En paralelo, Bruselas pide a los estados que mantengan sus refinerías a pleno rendimiento, que aplacen cualquier mantenimiento no urgente y que incrementen el uso de biocombustibles para sustituir parcialmente los derivados del petróleo.
Jørgensen ha subrayado que no se trata de un paquete de aplicación uniforme: cada estado debe evaluar qué medidas encajan en su contexto. Pero la recomendación es firme: que nadie se quede sin examinar las opciones que tiene sobre la mesa.
Una crisis que puede prolongarse en el tiempo
Uno de los mensajes más relevantes —y más duros— de la reunión ministerial es que nadie debe esperar una vuelta rápida a la normalidad. «Aunque la paz llegara mañana, no volveríamos a la normalidad en un futuro previsible», ha advertido Jørgensen, señalando que la infraestructura energética de la región sigue deteriorándose mientras dura el conflicto.
El canciller alemán Friedrich Merz ha ido más lejos, comparando el impacto económico potencial con el de la pandemia de COVID o con el choque que supuso la reducción de las compras de energía rusa tras la invasión de Ucrania. La amenaza de estanflación —inflación alta combinada con bajo crecimiento— empieza a sobrevolar las previsiones económicas del bloque. No es un escenario descartable: si los precios de la energía se mantienen elevados durante meses, el efecto sobre la industria, los alimentos y el poder adquisitivo de los hogares puede ser severo.
Tomar medidas comunes frente a soluciones nacionales
Bruselas ha insistido en que la respuesta debe ser coordinada. Las soluciones nacionales fragmentadas no solo son menos eficaces, sino que pueden distorsionar el mercado interior y generar efectos adversos para los países vecinos. El comisario ha pedido expresamente que los estados notifiquen a la Comisión cualquier cambio relevante en sus condiciones de suministro y que eviten medidas que limiten la libre circulación de productos petrolíferos dentro de la UE.
La competencia entre Europa y Asia por los recursos energéticos
Otro frente que inquieta a los analistas es la creciente rivalidad entre Europa y Asia por hacerse con los suministros disponibles en el mercado global, especialmente de gas natural licuado. Asia depende del estrecho de Ormuz para casi un tercio de su consumo total, por lo que el bloqueo le golpea de forma más directa. Pero eso no significa que Europa quede al margen: si los compradores asiáticos pujan con más fuerza, los cargamentos de GNL que hoy se dirigen a Europa pueden desviarse hacia otros destinos.
Estados Unidos es hoy el principal exportador de gas a la UE, después de que el bloque diversificara sus importaciones para reducir la dependencia rusa. Pero ese gas también lo quieren otros, y el mercado no tiene fidelidades.
Previsiones a medio y largo plazo
A medio plazo, la Comisión trabaja en un paquete de medidas para proteger a familias y empresas del impacto de los precios, que podría incluir instrumentos como los contratos por diferencia o los acuerdos de compra de energía, con el objetivo de desacoplar el precio del gas del de la electricidad.
Pero la verdadera apuesta de Bruselas sigue siendo estructural: acelerar la transición hacia las energías renovables y reducir la dependencia de los combustibles fósiles importados. «La independencia energética es un imperativo estratégico», ha resumido Jørgensen. Esta crisis, como las anteriores, no hace más que confirmar lo que ya se sabe: mientras Europa dependa del petróleo y el gas ajenos, su economía seguirá expuesta a conflictos que no controla y a mercados que no puede gobernar.