Un sector que no levanta cabeza desde 2008
El sector de la construcción en España lleva casi dos décadas intentando reponerse de un golpe del que, a estas alturas, hay que reconocer que no se ha recuperado del todo. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria en 2008 se llevó por delante miles de empresas, destruyó un tejido industrial que tardó años en construirse y expulsó a cientos de miles de trabajadores que, ante la necesidad, buscaron acomodo en otros sectores. Muchos no han vuelto. Y los que se quedaron, envejecen.
Los datos que acaba de presentar la Plataforma Tecnológica Española de Construcción (PTEC) en su informe Gestión del talento en el sector de la construcción y su relación con la I+D+i son tan claros como preocupantes: de los 1.530.002 ocupados actuales en el sector, apenas el 10,8% tiene menos de 30 años. El 67,2% se sitúa entre los 30 y los 54, y el 22% restante ya supera los 55. En la práctica, más de 330.000 trabajadores podrían jubilarse a lo largo de la próxima década. Sin relevo. Sin cantera. Con las obras paradas esperando manos que no llegan.
Febrero confirma la tendencia: el sector pierde empleos
Y mientras se debate sobre el futuro, el presente también preocupa. Los datos de afiliación a la Seguridad Social correspondientes a febrero muestran una caída notable en el número de trabajadores del sector de la construcción, una caída que, aunque algo menor que la registrada en enero, sigue la línea de un deterioro que no conviene minimizar. Los meses de invierno siempre arrastran cierta estacionalidad, es cierto, pero la tendencia de fondo apunta a algo más que el frío: hay menos empresas, hay menos proyectos en marcha y hay menos trabajadores dispuestos —o en condiciones— de incorporarse. Cuando un sector pierde empleo de forma sostenida, las señales de alarma no deberían ignorarse desde las administraciones públicas. Y en este caso, llevan demasiado tiempo encendidas.
La construcción no atrae a los jóvenes, y el problema es estructural
Esto no es solo una cuestión de números. Es un problema de percepción, de condiciones y, también, de memoria colectiva. Los jóvenes que vivieron en casa el drama de la crisis —el padre en paro, la hipoteca imposible, la obra abandonada— no tienen precisamente nostalgia del ladrillo. La construcción sigue asociada en el imaginario colectivo a trabajos físicamente exigentes, con escasa proyección y condiciones duras. Y aunque eso está cambiando, el cambio llega demasiado lento.
Porque la construcción del siglo XXI no es la de los años noventa. La digitalización, la sostenibilidad y la industrialización están redefiniendo el sector. Aparecen perfiles nuevos —gestores de innovación, especialistas en vigilancia tecnológica, técnicos en transferencia de conocimiento— que nada tienen que ver con la imagen del albañil bajo el sol. Pero ese mensaje no está llegando a los institutos ni a las universidades con la intensidad necesaria. El sector necesita talento híbrido, con formación técnica y capacidades digitales, y no sabe muy bien cómo conseguirlo.
Burocracia, financiación y el coste de los materiales: una tormenta perfecta
El problema generacional no es el único. Es el más silencioso, quizás, pero convive con otros que hacen la situación aún más complicada. Los plazos administrativos para sacar adelante un proyecto de construcción en España son, sencillamente, inasumibles. Licencias que tardan años, informes que se acumulan, organismos que no coordinan. El resultado es que el riesgo de un promotor no se mide solo en metros cuadrados o en tipos de interés, sino en el tiempo que pasará entre que firma el suelo y que puede empezar a vender. Y ese tiempo tiene un coste financiero y un coste de oportunidad que muchos proyectos no pueden permitirse.
A eso se suma la falta de financiación, especialmente para las pequeñas y medianas empresas que conforman la mayor parte del tejido constructor español. No tienen el músculo de las grandes, no acceden con facilidad a los recursos de innovación y cargan con las mismas cargas burocráticas. Es el perfil de empresa más común en el sector y, también, el más vulnerable.
Y luego están los materiales. El encarecimiento de los últimos años —acero, cemento, madera, aislamientos— ha tensado los márgenes hasta niveles que hacen inviables algunos proyectos que sobre el papel tenían sentido. La guerra comercial desatada por Trump añade ahora una capa de incertidumbre que los promotores y constructores no saben cómo descontar en sus presupuestos. Cuando el coste de los insumos es impredecible, el negocio se vuelve una apuesta, no un proyecto.
Un balón de oxígeno inesperado: la regularización de inmigrantes
En este contexto, la regularización masiva de inmigrantes impulsada por el Gobierno de Sánchez puede tener un efecto directo sobre el mercado laboral de la construcción. Hay personas que ya trabajan en el sector, o que podrían hacerlo, y que hasta ahora operaban en una situación de irregularidad que las excluía del mercado formal. Darles acceso legal al trabajo no solo es una cuestión de derechos: es también una manera de ampliar la base de trabajadores disponibles para un sector que los necesita con urgencia.
No es la solución definitiva, ni mucho menos. Pero en un momento en que cada par de manos cuenta, no es un detalle menor.
Lo que necesita el sector de la construcción en España es una estrategia integral: formación adaptada a los nuevos perfiles, simplificación administrativa real, financiación accesible para las pymes y un cambio en la percepción social de un sector que, guste o no, es absolutamente esencial para resolver el problema de vivienda que tiene este país. Sin construcción, no hay viviendas. Sin viviendas, el resto del debate es decorativo.