La vivienda marca un nuevo récord como principal problema de los españoles

La vivienda se mantiene como el principal problema de España y pulveriza su propio récord en el Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), rozando ya el 50% de menciones en el estudio correspondiente al mes de mayo. Un dato que no es una anomalía estadística ni el capricho pasajero de una encuesta: es el reflejo de una sociedad que lleva años viendo cómo un derecho constitucional se convierte, ante la indiferencia de quienes tienen capacidad de actuar, en un bien de lujo sometido a las leyes del mercado y a los intereses de los grandes inversores.

Entre abril y mayo, las alusiones a la vivienda en la lista de problemas nacionales han subido 7,5 puntos, pasando del 41,3% al 48,8%, destrozando el anterior máximo del 43,5% registrado en marzo. Nadie en el ámbito político parece especialmente perturbado por este dato. O si lo están, lo disimulan con una eficiencia que ya quisieran para sí mismos en otras materias.

También el problema más personal: récord en la lista subjetiva

La preocupación no se queda en lo abstracto. Cuando el CIS pregunta por los problemas que afectan más directamente a la vida de los entrevistados, la vivienda también encabeza el ranking con un 30,7%, cinco puntos más que en abril, cuando ocupaba la segunda posición. Es su mayor registro histórico. Lo que antes era una angustia colectiva y difusa ha pasado a ser una herida personal y cotidiana para casi un tercio de la población española.

Repunte tras la caída del decreto de alquileres

El momento en que se produce este nuevo pico no es casual. El barómetro de mayo llega justo después de que el Congreso de los Diputados tumbara, con los votos del PP, Vox, Junts y UPN, y la abstención del PNV, el decreto que incluía el tope del 2% para el precio de los alquileres y la prórroga extraordinaria de los contratos hasta finales de 2027. Unas medidas que estuvieron en vigor apenas cinco semanas, entre el 22 de marzo y el 28 de abril, antes de ser eliminadas por una mayoría parlamentaria que prefirió devolver al mercado la plena libertad de hacer lo que mejor sabe: encarecer.

El resultado es predecible para cualquiera que no viva en una burbuja institucional: la supresión de las medidas de contención dispara de inmediato la percepción de vulnerabilidad entre quienes alquilan o necesitan alquilar. No hace falta un doctorado en sociología para entender la relación. Aunque, visto lo visto, quizás sí hace falta para gobernar.

La crisis económica, segundo problema del país

La crisis económica repite como segundo problema nacional con un 20,7% de menciones, cuatro puntos menos que el mes anterior. El barómetro se realizó en plena campaña de las elecciones autonómicas andaluzas y antes del estallido del llamado caso Zapatero, lo que da una foto del estado de ánimo del país en un momento políticamente agitado pero sin que ninguno de esos ruidos mediáticos lograra desplazar a la vivienda del primer puesto. Ni siquiera por un mes.

En tercera posición aparece la inmigración, con un 18,9% y una subida de tres puntos respecto a abril. La cuarta plaza es para la sanidad, que escala desde el séptimo puesto hasta el 17,8% arrastrada por la crisis del hantavirus, su mayor marca desde noviembre de 2023. Completan el top cinco la calidad del empleo (16,8%) y el paro (14,1%).

La situación económica general: pesimismo estructural

Sobre la economía, los datos presentan esa característica disociación entre lo propio y lo ajeno que tan bien conocen los sociólogos. El 63,6% de los españoles considera que su situación económica personal es buena o muy buena, frente al 26% que la califica de mala o muy mala. Sin embargo, cuando la pregunta es sobre la economía del país en su conjunto, los números se invierten: el 53,5% la considera mala o muy mala, frente al 38,1% que la valora positivamente. En otras palabras, muchos se sienten razonablemente a flote en lo personal mientras perciben que el barco hace agua.

A ello se suma un contexto internacional que no ayuda: el 63,3% de los encuestados declara estar muy o bastante preocupado por los bombardeos entre Israel, Estados Unidos e Irán, un conflicto cuya escalada ha presionado al alza los precios de la energía y las materias primas, con efecto directo sobre la construcción y el coste de vida.

Perspectivas para el resto del año

Con estos datos sobre la mesa, las perspectivas para los próximos meses no invitan al optimismo. La vivienda lleva tiempo funcionando como un barómetro de la desigualdad más que como un mercado con reglas claras, y cada vez que se intenta introducir algún tipo de regulación, aparece un coro de voces advirtiendo del apocalipsis de la oferta. Lo paradójico es que nadie clama contra los intereses bancarios ni contra los rendimientos de otros productos de inversión. Solo la vivienda, ese derecho recogido en el artículo 47 de la Constitución, parece estar obligada a ser rentable para que el sistema funcione.

Si la tendencia de los últimos barómetros se mantiene y nada cambia de forma sustancial en materia de política de vivienda, es razonable esperar que el indicador del CIS siga escalando hacia el 50% o lo supere antes de que acabe el año. A no ser, claro, que algún otro problema catastrófico consiga desplazarla del primer puesto. Y eso, a estas alturas, tampoco sería precisamente una buena noticia.