Hubo un tiempo en que tener un empleo estable era sinónimo de tener un techo razonablemente seguro. Ese tiempo se ha terminado. El informe “La vivienda imposible: Del alquiler inaccesible al realquiler de supervivencia”, elaborado por la Fundación FOESSA y presentado por Cáritas, pone cifras a lo que muchos hogares ya viven en carne propia: la vivienda ha dejado de ser un derecho con dificultades de acceso para convertirse en un auténtico mecanismo de selección social.

El dato que abre el estudio es demoledor: el 50,6% de las personas que viven de alquiler no tendría hoy ingresos suficientes para entrar en el mercado sin destinar más del 30% de sus recursos a la renta. Y si miramos hacia la compra, el panorama empeora: siete de cada diez inquilinos no podrían obtener la financiación necesaria para adquirir una vivienda. Dicho de otro modo, buena parte de quienes alquilan no lo hacen por elección, sino porque no les queda otra… y ni siquiera eso pueden permitirse ya con holgura.

La gran diferencia entre lo que sube la vivienda y los salarios

El problema no es solo que la vivienda sea cara. Es que se ha despegado por completo de lo que ingresan los hogares. El informe habla de un desajuste profundo e insostenible entre precios de mercado e ingresos reales, agravado por la escasez de opciones sociales y asequibles. Según el modelo de FOESSA, para comprar la vivienda de referencia en España harían falta unos 40.756 euros de ahorro previo y 2.438 euros de ingresos mensuales. El 69,5% de la población inquilina queda por debajo de ese umbral. Cáritas lo resume en un binomio que marca la exclusión en nuestro país: salarios bajos y costes residenciales altos. Una combinación que deja a personas con trabajo al borde de la vulnerabilidad, porque la nómina ya no alcanza para pagar el techo y vivir.

La vivienda, el bienestar y la salud

La vivienda no es un gasto más del presupuesto familiar: es la base sobre la que se sostiene todo lo demás. Cuando falla, arrastra consigo la salud, la estabilidad emocional, la educación de los hijos y la capacidad de proyectar un futuro. El informe insiste en que la precariedad habitacional no recae solo sobre los adultos, sino que se proyecta directamente sobre la infancia y la adolescencia, condicionando su seguridad, su bienestar y el ejercicio cotidiano de la crianza. Un niño que hace los deberes en la misma habitación donde su familia come, duerme y guarda la comida no parte con las mismas oportunidades que el resto.

El necesario mantenimiento de la vivienda que no se puede realizar

Hay una cara menos visible del problema: la de quienes tienen casa, pero no pueden mantenerla. La pandemia fue el primer gran test, cuando quedó al descubierto la cantidad de hogares que vivían al día y no podían afrontar ni una reparación ni un imprevisto. Cáritas detecta una tendencia al alza clarísima de personas con problemas de mantenimiento de su vivienda. Una caldera rota, una gotera o una instalación eléctrica obsoleta se convierten en obstáculos insalvables para familias que ya destinan casi todo a la renta o la hipoteca, y la vivienda se degrada al mismo ritmo que la economía de quienes la habitan.

El problema generado por el subarriendo

Expulsados del mercado ordinario, muchos acaban en habitaciones realquiladas, acuerdos informales o pisos en malas condiciones. En 2025, una de cada cuatro personas atendidas por Cáritas (266.435) había recurrido al realquiler de habitaciones. El informe describe una realidad de inseguridad jurídica, sin contrato, con dificultades para empadronarse y bajo la amenaza constante de los llamados “desahucios invisibles”, expulsiones inmediatas sin aviso. La habitación se convierte en el único espacio para descansar, comer, estudiar, trabajar o cuidar de los hijos. Lo que debería ser una solución transitoria tiende a cronificarse, y en ese terreno sin derechos los abusos encuentran campo abonado, especialmente cuando se suma la irregularidad administrativa.

Una situación diferente en cada territorio

España no tiene un mercado de vivienda, sino muchos. El estudio distingue tres escenarios. En Baleares, Cataluña, Comunidad Valenciana, Cantabria y Madrid, la compra es claramente más excluyente que el alquiler. En Navarra, Extremadura, Castilla y León, Ceuta y Castilla-La Mancha, es el alquiler el que resulta más problemático, por ingresos bajos u oferta escasa. Y en La Rioja, Aragón, Melilla y País Vasco, ambos regímenes están igual de tensionados. El caso vasco es llamativo: 91,3% de exclusión en compra y 95,6% en alquiler. Madrid tampoco sale bien parada, con un 89,2% por debajo del umbral de compra y un 73,7% del de alquiler. La conclusión es evidente: una respuesta uniforme no sirve para problemas que adoptan formas distintas.

Las previsiones de una situación sin visos de solución

Nada en el informe invita al optimismo. La dificultad se extiende ya a hogares que tenían cierta estabilidad, y que han descubierto que lo que antes bastaba ya no es suficiente. El alquiler, presentado a menudo como la alternativa natural para quien no puede comprar, solo funciona para rentas medias o estables; para el resto es un factor de exclusión. Mientras la vivienda siga entendiéndose como un simple valor de cambio, un activo que se mide por cuánto cuesta y cuánto rinde, será difícil atacar la raíz de un problema que no deja de crecer, con especial intensidad en zonas como la costa mediterránea.

La propuesta de Cáritas

Cáritas rechaza la receta simplista de “construir más” sin más. Pide producir y movilizar vivienda efectiva, asequible y socialmente orientada, con instrumentos diferenciados: mecanismos de entrada y financiación responsable para hogares con ingresos medios sin ahorro; alquiler social público para los de ingresos bajos o inestables; ampliación de oferta y regulación en zonas tensionadas; y más parque asequible donde el alquiler es el principal obstáculo. Todo ello con un sector público reforzado y la vivienda en el centro de las políticas de inclusión. El informe reclama, en definitiva, pasar “del precio al valor”: recordar que una casa no son cuatro paredes, sino el lugar donde se construye un hogar. Algo que el mercado, por sí solo, lleva años demostrando que no sabe garantizar.