Hay estadísticas que se leen como un parte meteorológico y otras que deberían leerse como un parte de guerra. La última del Banco de España pertenece a la segunda categoría: el crédito concedido por las entidades financieras a hogares e instituciones sin ánimo de lucro alcanzó en septiembre los 726.471 millones de euros, un 2,9% más que hace un año y el saldo más elevado desde junio de 2016. En solo doce meses, las familias han sumado 20.636 millones de deuda adicional. Y si se mira el dato trimestral más amplio, la deuda total de los hogares cerró el primer trimestre en 799.030 millones, la cifra más alta en once años.
La paradoja es tan española como el aceite de oliva a precio de caviar: ese endeudamiento que asfixia a las familias es, a la vez, uno de los motores que mantienen el crecimiento económico del que tanto presume el Gobierno. Consumimos a crédito, crecemos a crédito y, con algo de suerte, pagaremos a plazos.
La mayor parte de la deuda se centra en la vivienda
Nada nuevo bajo el sol, o mejor dicho, bajo el tejado. Los créditos hipotecarios sumaban en septiembre 532.144 millones de euros, 20.830 millones más que un año antes (+4%), y suponen casi tres cuartas partes de todo lo que deben los hogares. Por primera vez, el saldo de préstamos para vivienda habitual ha superado la barrera de los 500.000 millones.
Nadie discute que comprar una casa sin hipoteca es hoy un privilegio reservado a herederos y afortunados. Lo que sí merece discusión es que los precios hayan llegado a un nivel en el que endeudarse durante treinta años se presente como una muestra de normalidad y no como el síntoma de un mercado roto. Y quien no compra, alquila, con rentas que se comen buena parte del sueldo y no dejan margen para el ahorro.
También crecen los créditos al consumo
Aquí está la parte más inquietante del dato. Los préstamos al consumo se dispararon un 9,9% interanual, hasta los 122.549 millones de euros. Los destinados a otros fines cayeron un 15,6%, hasta 66.490 millones, aunque ese descenso está muy condicionado por un cambio metodológico: desde abril, el Banco de España ya no incluye los anticipos en esta partida.
Que las familias pidan dinero para la vivienda se entiende. Que lo pidan para llegar a fin de mes, para la escapada de Semana Santa, las vacaciones de agosto, el coche nuevo cada pocos años o el último teléfono móvil empieza a parecer la norma, y eso dice mucho de una sociedad altamente mercantilizada en la que el consumo ya no es una opción, sino casi una obligación social.
Cuando los gastos superan a los ingresos
Se dice que alguien vive por encima de sus posibilidades cuando sus gastos no se ajustan a sus ingresos y necesita recurrir una y otra vez al banco para cubrir sus gastos corrientes. El problema es que, en buena parte de los hogares, no hay excesos que recortar. A la vivienda hay que sumar una cesta de la compra que no deja de encarecerse y unas facturas de luz y gas que siguen castigando a las rentas medias y bajas.
Mientras tanto, los salarios no terminan de recuperar el poder adquisitivo perdido, por mucho que Antonio Garamendi y la CEOE insistan en que las nóminas ya han hecho los deberes. Las familias, que no leen los comunicados de la patronal sino los extractos bancarios, saben que la cuenta no sale. Y cuando no sale, se pide prestado.
La deuda de administraciones y empresas
Tampoco cabe esperar lecciones de austeridad desde arriba. A finales de mayo, la deuda de las Administraciones Públicas ascendía a 1,729 billones de euros, un 4% más en un año y ligeramente por encima del PIB. Con unos Presupuestos Generales del Estado prorrogados ya en tres ocasiones y una nómina de pensiones contributivas que superará este año los 200.000 millones por primera vez, el Estado lleva años financiándose a golpe de emisión. Si el ejemplo viene de arriba, poco puede extrañar que los ciudadanos lo imiten.
Las empresas también se endeudan, aunque a menor ritmo. Su financiación alcanzó en septiembre los 968.402 millones de euros, un 2,2% más que hace un año. Los préstamos bancarios crecieron un 4,5%, hasta 486.158 millones, y los valores de deuda un 4,4%, hasta 152.185 millones, mientras que la financiación procedente del exterior retrocedió un 2,06%, hasta los 330.059 millones.
Las previsiones para el año próximo con unos tipos al alza
Buena parte de este apetito por el crédito se explica por la estabilidad de los tipos del Banco Central Europeo, fijados desde junio en el 2,50%. El problema llega cuando el escenario cambia, y las previsiones para el próximo año apuntan a un repunte del precio del dinero. Con hipotecas variables, préstamos personales y tarjetas revolving en la mochila, cualquier subida se traslada casi de inmediato a la cuota mensual.
La última vez que los hogares españoles acumularon una deuda superior, en 2014, el país salía de una crisis que dejó cicatrices profundas. Desde entonces, las familias se desendeudaron hasta tocar suelo a comienzos de 2024, con 740.262 millones. Bastaron dos años de buenas cifras de empleo para volver a pisar el acelerador. Nadie dice que la historia vaya a repetirse, pero conviene recordar que las crisis rara vez avisan, y que la factura, como siempre, la pagan los mismos.