El IPC de agosto ha dejado de ser un dato para convertirse en un aviso. La tasa interanual definitiva se sitúa en el 4,3%, frente al 3,6% de julio, y el aumento mensual del 0,7% contrasta con el 0% de agosto del año pasado. Que nadie se engañe: no es una foto puntual, es el tráiler de un otoño complicado para las familias y, muy especialmente, para los hipotecados.
La energía y los carburantes empujan la inflación
La chispa está, como casi siempre, en la energía. El gasóleo subió un 11,5% y la gasolina un 8,2%, mientras que los combustibles líquidos de calefacción se encarecieron un 8,4% y el butano y el propano un 3,6%. La electricidad, con un 0,7%, parece casi discreta, pero sigue pesando lo suyo en el presupuesto doméstico. Detrás hay un tablero geopolítico que no ayuda: la tensión en Ormuz y ahora en Bab el Mandeb continúa empeorando, y cuando el petróleo se pone nervioso el resto de la economía se contagia. Porque la energía no se queda en el surtidor: encarece producir, transportar y construir, es decir, casi todo.
Los alimentos frescos acusan la subida de la energía
En la cesta de la compra el panorama es desigual, pero no tranquilizador. Las legumbres verdes frescas lideran con un 19,1%, seguidas de las bayas (2,6%), las hortalizas de hoja o tallo como lechugas, espinacas o apio (2,4%) y tomates, pimientos y pepinos (1,6%). Ayudan a maquillar la media las bajadas de los cítricos (6,1%), de las frutas tropicales, dátiles e higos (9,9%) o de melones y sandías (2,1%), pero un descuento de temporada no compensa que el camión que reparte la lechuga circule con un gasóleo por las nubes. Y el dato de fondo es el que duele: los alimentos siguen siendo un 36% más caros que hace cinco años.
Los productos tecnológicos también incrementan su precio
Tampoco se libra la tecnología, en un contexto de tensiones en las cadenas de suministro y en el mercado de microprocesadores. Ordenadores, portátiles y tabletas suben un 7,6%; relojes inteligentes, libros electrónicos y navegadores GPS, un 4,0%; los móviles, un 1,9%, y las consolas y videojuegos, un 1,7%. Renovar el portátil de casa se ha convertido en un pequeño ejercicio de contabilidad creativa.
Menos disponible para las familias
Sumemos energía, comida y tecnología y el resultado es una evidente pérdida de saldo disponible. No hace falta ser economista: si llenar el depósito y la nevera cuesta más, a fin de mes sobra menos, y el ahorro es lo primero que se resiente. Ni siquiera el ocio da tregua del todo. El turismo pesó menos que en otros veranos, pero el alquiler de vehículos sin conductor subió un 17,2%, los servicios de caravanas un 12,0% y los vuelos internacionales un 5,9%, aunque los vuelos nacionales (-14,1%) y el tren (-12,4%) se abarataron. El IPC es una media; el recibo, en cambio, lo paga cada hogar.
La vivienda es una gran afectada por la subida de tipos
Y aquí entra la vivienda, gran damnificada de esta película. El BCE ya ha subido los tipos y, si la inflación no da tregua, nuevas subidas no son descartables. Traducido al idioma del hipotecado: cuotas más altas en cada revisión y un acceso al crédito más caro para quien aspira a comprar. La paradoja es cruel, porque subir los tipos no abarata el gasóleo, pero sí encarece la cuota. Y si además la energía sube los costes de construcción, la vivienda recibe el golpe por partida doble.
Medidas que se deberían tomar desde el Gobierno
Bien está la recuperación parcial de los incentivos fiscales al gasóleo desde el 1 de septiembre, que al menos demuestra que se han activado mecanismos para contener los precios, aunque es pronto para medir su alcance. Pero con eso no basta. Habría que impulsar una nueva bajada del IVA de los alimentos, recuperando los tipos reducidos del año pasado, y reconocer de una vez la carne y el pescado como alimentos básicos, rebajando su IVA del 10% al 4%. También convendría mantener los descuentos en los carburantes hasta que la evolución interanual deje de superar el 15%, porque, de lo contrario, el próximo mes el gasóleo subiría más de 20 céntimos. Todo ello sin olvidar reforzar la competencia, la transparencia y la eficiencia de los mercados, y proteger de forma especial a los hogares más vulnerables.
Previsiones a fin de año
Sin bola de cristal, pero con brújula: mientras la situación en Ormuz y Bab el Mandeb siga deteriorándose, la energía seguirá empujando los precios, y lo más razonable es esperar una inflación elevada en los últimos meses del año. El BCE tendrá el dedo en el gatillo, con nuevas subidas de tipos sobre la mesa si el IPC no cede. Si el crudo se calma y las medidas fiscales funcionan, la presión podría aliviarse; si no, el otoño caliente lo será sobre todo en el bolsillo. Las familias poco más pueden hacer que apretarse el cinturón y esperar que las administraciones actúen antes de que llegue el invierno.