La inflación ha vuelto a torcer el gesto en la zona euro, y lo ha hecho justo cuando el Banco Central Europeo empezaba a respirar. Los precios subieron un 3,3% interanual en agosto, cuatro décimas más que en julio, según los datos publicados por Eurostat. La cifra no es solo un mal dato puntual: es el nivel de inflación más alto registrado en la eurozona en los últimos tres años, y se sitúa muy por encima del objetivo del 2% que el BCE lleva persiguiendo desde que empezó a subir tipos. La pregunta que sobrevuela Fráncfort ya no es si la inflación va a complicar la próxima reunión, sino cuánto.

Conviene no perder de vista el contexto: el BCE sitúa actualmente los tipos en el 2,25%, un nivel que hace apenas un año parecía impensable de mantener sin frenar la economía. Que la inflación repunte con los tipos ya en ese terreno es una mala noticia doble, porque deja poco margen de maniobra y mucho margen para la sorpresa desagradable.

La energía dispara los precios en la eurozona

Si hay un culpable claro de este repunte, es la energía. Los precios energéticos se dispararon un 14,3% interanual en agosto, muy por encima del 10,3% del mes anterior. No es una anomalía estadística: refleja la combinación de un petróleo inestable, unos mercados energéticos nerviosos y una tensión geopolítica en Oriente Próximo que no da tregua. Cada vez que la energía se convierte en el motor de la inflación, la historia reciente de Europa debería hacer saltar todas las alarmas: ya vivimos esta película, y no terminó bien para el bolsillo de nadie.

Los servicios se moderan frente a julio, pero no alivian la presión

La única cifra que invita a un respiro parcial es la de los servicios, que crecieron un 3% interanual frente al 3,3% de julio. Es una moderación real, pero insuficiente para compensar el resto del cuadro. Los bienes industriales no energéticos, de hecho, se movieron en dirección contraria: aceleraron hasta el 1,2%, desde el 0,9% anterior. En otras palabras, mientras la energía empuja hacia arriba con fuerza, el resto de componentes ni frena lo suficiente ni ayuda a compensar. La inflación subyacente sigue instalada en niveles que alejan, más que acercan, el objetivo del 2%.

Los alimentos, un empujón discreto pero constante

Los precios de los alimentos, el alcohol y el tabaco añaden su granito de arena, con un incremento del 1,2%, exactamente la misma tasa que en julio. No es la variable que dispara los titulares, pero su persistencia es precisamente el problema: cuando la cesta de la compra no da tregua mes tras mes, el desgaste para los hogares se acumula silenciosamente, aunque los grandes focos mediáticos sigan puestos en la energía.

España, la anomalía inflacionista de la zona euro

Y aquí llega la parte que más debería preocupar en Madrid. España cerró agosto con una inflación armonizada del 4,5%, muy por encima de la media europea y la más alta entre las grandes economías del euro. Para ponerlo en perspectiva: Francia registró un 2,7%, Alemania un 2,9% e Italia un 3,2%. España no solo lidera el pelotón, lo hace por un margen considerable, con un diferencial desfavorable frente a la eurozona que ya alcanza 1,2 puntos porcentuales, tres décimas más que en junio. El FMI, por su parte, prevé que la inflación española cierre el año en el 3%, lo que si se cumple seguiría dejando al país por encima de sus socios europeos. Que España sea sistemáticamente la excepción inflacionista de las grandes economías del euro no debería tratarse como un dato más entre tantos: es una señal de que algo en la estructura de precios española —energía, vivienda, alimentación— está funcionando de forma distinta, y probablemente peor, que en el resto del continente.

Bruselas y Fráncfort ante posibles subidas en cadena

Con este panorama, los mercados ya dan por probable una subida de 25 puntos básicos en la reunión del BCE del próximo 10 de septiembre, que llevaría el tipo de referencia al 2,5%, el límite superior de lo que la propia institución considera un nivel neutral. Pero lo más inquietante no es esa subida, que ya está prácticamente descontada, sino lo que podría venir después. El economista jefe del BCE, Philip Lane, ha avisado de que la inflación podría mantenerse cerca del 3% durante el resto de 2026, condicionada por la energía, los alimentos y la geopolítica internacional. Si ese pronóstico se cumple, octubre y diciembre podrían traer nuevas subidas, y el precio oficial del dinero podría terminar el año en el 2,75%. Para las familias y empresas que tengan hipotecas o préstamos pendientes de revisión, la cuenta es sencilla y nada tranquilizadora: más tipos significa más cuota, justo cuando la energía ya está apretando por su cuenta.