Se trata de la cuarta subida consecutiva en el precio de este gas licuado en lo que va de año 2026

El precio máximo de venta al público de la bombona de butano de 12,5 kilogramos ha subido este martes hasta los 18,84 euros, un 5% más que el precio fijado en la última revisión, según ha publicado el Boletín Oficial del Estado (BOE). Se trata de la cuarta subida consecutiva de este gas licuado en lo que va de 2026, un dato que empieza a pesar de verdad sobre los hogares que todavía dependen de la bombona para cocinar o calentarse, sobre todo en las zonas rurales y en los núcleos urbanos sin conexión a la red de gas natural. Porque no hablamos de un capricho estadístico: hablamos de una subida que se suma, mes a mes, a la de los carburantes y a la de la electricidad, y que golpea con más fuerza a quien menos margen tiene para absorberla.

La revisión de esta última tarifa tiene en cuenta la reducción temporal del Impuesto de Hidrocarburos que establece el Real Decreto-ley 18/2026, en vigor desde el 1 de septiembre, con una rebaja de 11,25 euros por tonelada. Una medida que, sobre el papel, debería aliviar el bolsillo del consumidor. Pero fuentes del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico explican que a esa rebaja se le suma un ascenso de la cotización de las materias primas del 8,2%, un aumento del coste de los fletes del 10,3% y la apreciación del euro frente al dólar de un 7,1%. Todo ello en un contexto energético internacional que sigue marcado por las tensiones en Oriente Medio y el estrecho de Ormuz, la clásica coartada geopolítica que en España siempre acaba traduciéndose en lo mismo: recibos más caros.

Un tope del 5% que no evita la subida, solo la reparte en el tiempo

El precio de la bombona de butano no es libre. Se revisa bimestralmente, el tercer martes de cada mes impar, mediante resolución de la Dirección General de Política Energética y Minas, siguiendo la fórmula recogida en la orden IET/389/2015. Esa revisión está limitada a una variación máxima del 5%, al alza o a la baja, y aquí está el detalle que casi nunca se explica bien: el exceso o defecto de precio que ese límite deja fuera se acumula y se aplica en revisiones posteriores.

De no haberse aplicado ni el tope del 5% ni la rebaja fiscal, el precio habría subido hasta los 18,89 euros. Es decir, el límite no ha frenado la subida, simplemente ha aplazado una parte de ella. Lo que no se sube ahora, se sube después. Así que quien piense que el tope del 5% es una protección real al consumidor, que revise la letra pequeña: es, más bien, un mecanismo de amortiguación que reparte el golpe en el tiempo, no que lo evita.

Un combustible en retroceso pero todavía imprescindible para millones de hogares

El gas licuado de petróleo (GLP) envasado —una mezcla de hidrocarburos compuesta principalmente por butano— sigue siendo la alternativa al gas natural allí donde no llega la red convencional. En 2025 se consumieron 57 millones de envases de distintas capacidades en España, aunque la tendencia es claramente descendente: desde 2021, el consumo total ha caído más de un 12%, empujado por la electrificación progresiva de los hogares y la extensión de la red de gas natural.

Pero que el consumo baje no significa que el problema desaparezca. Para las familias con menos recursos y para quienes viven en zonas rurales sin alternativa, la bombona sigue siendo insustituible, y cada subida se traduce en un golpe directo al presupuesto doméstico, sin margen de maniobra y sin plan B a corto plazo.

Lejos del máximo histórico, pero con una tendencia que no invita al optimismo

Con los 18,84 euros actuales, el precio todavía queda por debajo del máximo histórico de 19,55 euros, vigente entre el 17 de mayo y el 14 de noviembre de 2022. Para poner las cifras en perspectiva: durante los gobiernos de Zapatero, el precio más alto que pagaron los consumidores fue de 15,19 euros, vigente desde octubre de 2011 y mantenido por Rajoy hasta marzo de 2012. El mínimo de las últimas dos décadas se registró en abril de 2005, con 9,38 euros.

La comparación histórica deja clara una cosa: no estamos ante un máximo absoluto, pero sí ante una trayectoria ascendente sostenida que, sumada al resto de subidas energéticas del año, dibuja un panorama poco alentador para lo que queda de 2026. Con el déficit acumulado todavía pendiente de repercutir en próximas revisiones y un contexto internacional que no da tregua, no sería sorprendente que esta cuarta subida del año no sea, ni mucho menos, la última.