Somos un extraño país, supongo que como la mayoría cuando se contemplan desde dentro, en el que grandes vilezas y traiciones se contraponen con heroicidades y gestas manifiestas. Y si bien es cierto que en el primer apartado son casi siempre políticos o élites dirigentes sus actores, no es menos verdadero que en la mayoría de los casos el silencio conformista del pueblo le hace cómplice y partícipe de la situación.

A todo ello hay que añadirle un cierto despiste nacional, fruto sin duda de la incultura y atracones de Tele5, que logra que no sepamos distinguir lo que nos afecta de verdad y convirtamos a héroes en villanos y viceversa;  mucho más abundante esta segunda opción, seguramente porque la canalla es más numerosa que la bonhomía.

No hay que rebuscar demasiado para poner ejemplos palmarios, como el rebaño que se agolpó a las puertas de los juzgados para vitorear y pedir autógrafos a Cristiano Ronaldo, que acababa de recibir la condena de 23 meses de prisión y 18 millones de euros de multa por robar a las arcas públicas seis millones de euros en impuestos. El caso de Isabel Pantoja es similar, aunque cambiando el balón y la camiseta con el número 7 por un vestido de faralaes y una peineta.

Sin llegar a la vulgaridad de estos ejemplos, también se pueden citar los vítores y aplausos recibidos por Sánchez Galán al anunciar los beneficios de Iberdrola del pasado año y su intención de alcanzar los 5.000 millones en el 2025 y lo 8.000 en el 2028. Como si fuera a obtener las ganancias de los extraterrestres y no de nuestros bolsillos esquilmándolos un poquito más. Bueno, no tan poquito, porque aunque soy de letras aún recuerdo aquellas clases de tercer grado cuando me enseñaron a dividir. ¡Y mira que han pasado años!

A ver, a ver, 8.000 millones  de euros entre 6,4 millones de clientes, es decir el 38% del total en España, da la sorprendente cifra de 1.176 euros por contrato. Vamos a dejarlo a la mitad, porque también sacará dineros de otros sitios: subvenciones  y créditos blandos del BEI, por ejemplo. Pues son 588 euros por familia y año para obtener esos flagrantes beneficios de 8.000 millones. Y vamos y le aplaudimos… Como cuando jaleábamos a Mario Conde porque nos caía bien con su desparpajo de abogado del estado venido a más y su gomina de capo siciliano o a Rato y sus tarjetas black, que fueron lo de menos comparándolo con el agujero de Bankia.

No voy a entrar en el vertedero político que padecemos cuando votamos a quien nos va a robar mejor, por eso de que viste bien o porque tiene tronío en lo de llevarse los cuartos de los demás, que su padre y abuelo también lo hacían y éste ya no necesitará tanto porque ya tiene ¡Craso error!

Volviendo al inicio de la cuestión, somos un extraño conglomerado celtibérico en el que con escasas diferencias a pesar de lenguas y culturas, salimos a la calle a que nos partan la cara por un gol que no fue o un chambergo que me gusta ponerme porque ya  lo llevaba mi padre. Ya quisiera saber cómo consiguieron montar la tremolina aquella contra Esquilache no habiendo ni twitter ni whatsapp.

Y hacemos “casus belli” por estas cuestiones de la farándula o el fútbol, pero cuando los bancos nos roban con la Ley en la mano, los políticos nos quitan hospitales o consiguen que nuestros hijos de obrero ya no puedan ir a la universidad, ni nos inmutamos. Tal vez sea porque han conseguido que en este país ya no haya obreros ideológicos a los que ir quitando derechos  y relegando a sus sórdidas viviendas sociales. Por no haber no hay ni esas viviendas protegidas, que ahora todos somos señoritos para poder comprárnoslas, sufriendo y trabajando cuando nos dejan, poniendo cañas y bocatas de calamares, que lo de apretar tuercas y cortar armarios de chapa pasó a la historia. No somos obreros, que trabajamos en el sector servicios sin mancharnos de grasa.

Según diversos cálculos tenemos entre todas las autonomías, históricas o no, más de 5 millones de afectados por los diversos abusos bancarios que se han ido destapando en esta última década, la del glasnost o transparencia. Cinco millones de pobres pollos a los que se ha empobrecido al grito de los beneficios de los bancos son sagrados,  con la inestimable ayuda de políticos y jueces.

La cláusula de vencimiento anticipado, la cláusula suelo, las multidivisa, las preferentes, los gastos hipotecarios, intereses moratorios, el IRPH en todas sus modalidades…la lista de abusos bancarios es interminable.

Desde 2017 se han presentado 583.000 demandas por prácticas abusivas, con un porcentaje mayoritario de cláusulas suelo. Los jueces han dictado 296.000 sentencias con una gran mayoría de condenas –el 97%- para la banca, con juicios señalados hasta para el 2024 y con un continuo flujo de nuevas demandas; y aún estamos a la espera de lo que sucederá con la cláusula IRPH, una de sus más lucrativas estafas.

Pero impertérrita ante la amenaza de las instituciones judiciales europeas, que una y otra vez ponen en ridículo al Tribunal Supremo, su toga mercenaria,  la banca española continúa insertando cláusulas abusivas en sus contratos, amparándose en legislaciones novedosas, como la Ley 5/2019, de 15 de marzo, reguladora de los contratos de crédito inmobiliario, con la que a pesar de ir contra la legislación comunitaria, pueden declarar el vencimiento anticipado del préstamo.

Y si lo continúa haciendo es porque le sale rentable al no existir en nuestra legislación la persecución de este tipo de conducta de repetición de un mismo abuso a miles de personas,  actuación con la que va a obtener beneficios millonarios que luego, en el peor de los casos y amparado por una justicia que es suya, devolverá con cuentagotas. Y sabe que muchos afectados no reclamarán, por desconocimiento, por los costes, por desconfianza en las instituciones…

Y a pesar de la situación de abusos manifiestos y del ingente número de afectados, no se saldrá en manifestación para recuperar dineros y derechos, obligando al legislativo a cambiar su objetivo tradicional y mirar por el pueblo engañado que le vota.  Como si en casa nos sobraran los recursos y fuera una indignidad salir a reclamarlos, que por seis o siete mil maravedíes qué más da.

Me lo decía hace unos días un abogado amigo, bragado en estas cuestiones y con el camino a Luxemburgo muy aprendido. Lo que más le desilusionaba era la falta de espíritu de lucha de todos los afectados ante la la parcialidad de la justicia, su comodidad al esperar que otros resolvieran su problema, su indignación de sillón, cerveza y pizza ante el televisor, siempre mucho menor y combativa que la propiciada por un arbitraje futbolístico desafortunado.

Tal vez el problema sea que un 40% de españoles no ha abierto un libro en su vida, o que 40 años de franquismo y otros 45 de post franquismo, con su tergiversación oficial, hayan conseguido acabar con una buena parte del espíritu crítico y conciencia social que tenía nuestro país.  Y de esta forma somos fáciles de manipular y de embaucar, con medios de comunicación serviles, con programas laminadores del pensamiento, con mensajes políticos o económicos fáciles y banales cuando no repugnantes. Todo nos sumerge en una  mediocridad en la que mansedumbre y sumisión a lo correcto en apariencia parecen las pautas individuales a seguir,  sino inteligentes, que de eso poco queda, sí cómodas y un tanto suicidas, como el rebaño por el precipicio.

Lo dogmático nos lleva a la obediencia y a la manipulación; la falta de imaginación y la ausencia de espíritu crítico a la pobreza intelectual y al sometimiento. De esta forma perdemos de vista lo trascendental frente a lo banal y cotidiano, siendo presa fácil para empresas, políticos  y administraciones sin escrúpulos.  Hace unos días el Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, tuvo que salir al paso, entre risitas, de una “malinterpretación” de sus palabras con respecto a las pensiones. Por un poco más en Francia ardieron las calles durante dos semanas.

Eduardo Lizarraga

Eduardo Lizarraga

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