Sobre las plantas bajas apagadas, la vivienda que falta y el equilibrio difícil entre las dos cosas.

Hay dos crisis en marcha y solo estamos mirando una. La primera es evidente y urgente: no hay vivienda suficiente, y la que hay se ha vuelto inalcanzable para demasiada gente. Ocupa portadas, programas y conversaciones de sobremesa, y está bien que así sea.

La segunda avanza más despacio y casi nadie la nombra. Nuestras ciudades se están apagando a la altura de la calle. Lo vemos a diario y hemos dejado de fijarnos: persianas grafiteadas que llevan años sin subir, escaparates forrados con papel de periódico, portales flanqueados de locales muertos. No es un problema de estética urbana. Es el aviso de que una parte de la vida de la ciudad se está retirando de la acera, y de que lo hace sin ruido, local a local, sin que ningún indicador la registre.

Llamamos zócalo a esa primera franja de la calle, la que vemos a la altura de los ojos cuando caminamos: escaparates, puertas, umbrales. Richard Sennett distingue entre los bordes que separan y los bordes que intercambian, entre el muro y la membrana. El zócalo es exactamente eso: la membrana de una ciudad, el lugar donde el edificio y la calle se tocan y se dan algo. Cuando esa membrana se cierra, el edificio sigue ahí, pero deja de participar.

Los datos del apagón existen, aunque nadie los haya reunido. Un trabajo de campo que elDiario.es publicó en 2022 recorrió las calles comerciales céntricas de las tres capitales vascas y encontró cerrada una de cada siete lonjas: un 25% en Vitoria, un 12% en Donostia, casi un 10% en Bilbao. Pero el retrato más elocuente lo ofrece Barcelona, que lleva años levantando un censo municipal de locales. Entre 2016 y 2024 la ciudad perdió casi una de cada cuatro pescaderías —ciento cuarenta y un establecimientos—, una de cada cuatro droguerías, una de cada cuatro mercerías y ciento veinte carnicerías. En el mismo periodo ganó un tercio más de gimnasios y un 44% más de puntos de almacenaje para paquetería.

Y el dato que lo cambia todo: en esos ocho años, el número total de locales abiertos en Barcelona no cayó. Subió un 2,6%.

Necesitamos priorizar la vida de las ciudades

No estamos, por tanto, ante una ciudad con menos comercio. Estamos ante una ciudad con otro comercio: uno que ya no da de comer al barrio, que no conoce a nadie, que abre a la calle una persiana metálica y que, en el caso de los almacenes de paquetería, ni siquiera tiene a alguien dentro.

Conviene detenerse aquí, porque es donde suele perderse el argumento. Una pescadería no es solo un sitio donde se compra pescado: es alguien que te dice lo que ha entrado hoy y cómo cocinarlo. Una ferretería es la diferencia entre arreglar un grifo esta tarde y esperar tres días a que llegue un paquete. Y un carnicero que lleva veinte años en la misma esquina es la persona que advierte que la señora del cuarto no ha bajado esta semana. Nada de eso figura en una estadística municipal, y es probablemente la red de protección más barata que tiene una ciudad.

Jan Gehl lo resumió en una frase que deberíamos tener presente cada vez que aprobamos un plan: primero la vida, después los espacios, después los edificios; al revés no funciona nunca. Llevamos décadas haciéndolo al revés.

Hay dos palancas para corregirlo, y las dos están probadas.

La primera es traer actividad a la planta baja, empezando por la que hoy ocupa viviendas. En cualquier ciudad vasca hay consultas, despachos y gabinetes instalados en pisos, con placa junto al telefonillo, ocupando casas construidas para vivir en ellas. Varios ayuntamientos ya pagan por bajarlos a la calle: visité hace poco Errenteria con su alcaldesa, Aizpea Otaegui, y su programa de movilización de locales vacíos destinó más de doscientos ochenta mil euros en dos años a poner en marcha treinta y cinco locales, incluidos traslados de negocios que estaban en viviendas. Torrelavega lo subvenciona desde 2020, y la Generalitat de Catalunya acaba de abrir ayudas de hasta treinta mil euros por establecimiento con un objetivo escrito sin rodeos: recuperar espacios que puedan destinarse a uso residencial.

Viena ha ido un paso más allá y ha convertido eso en método. Su agencia municipal de desarrollo económico funciona como ventanilla única para reactivar locales vacíos, con subvenciones modestas y un equipo que recorre los barrios. El balance que presentó en junio es revelador: en tres distritos, ciento treinta y dos proyectos apoyados con novecientos cuarenta mil euros movilizaron más de cinco millones y medio de inversión privada. Seis euros por cada euro público.

Hay, eso sí, una condición que no deberíamos pasar por alto. Si al mismo tiempo el planeamiento consolida sin horizonte los usos económicos instalados en plantas altas, el incentivo pierde la mitad de su sentido: esas viviendas seguirán fuera del parque residencial indefinidamente, y en un número que, por cierto, nadie ha contado aún en ninguna ciudad española. Bajar la actividad a la calle solo es redondo si arriba se recupera la casa.

La segunda palanca es más incómoda de formular y bastante más eficaz: que lo público sea propietario de locales.

Francia lleva en ello desde 2020, cuando el Estado y la Banque des Territoires se propusieron crear un centenar de sociedades —las llaman foncières de redynamisation— para comprar, rehabilitar y realquilar seis mil pequeños comercios en ciudades medias. Dos años después había más de setenta constituidas y en torno a mil doscientos locales en obras en ochenta y cinco municipios. París, que empezó mucho antes, ha instalado por esa vía cerca de setecientos comerciantes, artesanos y asociaciones. Y en Grenoble los estudios previos apuntaron algo que debería tranquilizar a quien tema el coste: basta con intervenir en el diez o el quince por ciento de los locales de un barrio para que la inversión privada reactive el resto. No hay que comprar una calle. Hay que encender un tramo.

Inglaterra ha ensayado una fórmula distinta y más contundente. Desde 2023 sus ayuntamientos pueden subastar el arrendamiento de un local que lleve más de un año vacío, aunque su propietario no quiera alquilarlo. En Bournemouth, Christchurch y Poole han abierto más de cuarenta negocios desde principios de 2025 y han ocupado así una quinta parte de los locales vacíos en apenas seis meses, dando prioridad a los independientes frente a las cadenas. Es una herramienta dura, pensada para un problema que otras no resolvían: el propietario que prefiere esperar años a que suba el precio antes que bajar la renta.

Y no hace falta mirar tan lejos. En Sarriguren, Nasuvinsa puso en alquiler veinte locales vacíos de las plantas bajas de sus propias promociones públicas a tres euros por metro cuadrado y mes durante cinco años, compensando las obras de acondicionamiento con hasta un año de renta y ofreciendo opción de compra. Lisboa, en cambio, eligió proteger por reglamento sus ciento cincuenta y tres tiendas históricas, y la experiencia enseña algo útil: proteger ayuda, pero aguanta menos que poseer. Cuando el problema es la renta, la única garantía firme es tener la llave.

La mayoría de los comercios cierran por no poder pagar el alquiler

Porque de eso va esto. La mayoría de los comercios que echamos de menos no cerraron por falta de clientes. Cerraron porque no podían pagar el alquiler. Una administración que compra un local y lo arrienda a un precio razonable no está subvencionando a un comerciante: está decidiendo que en esa esquina siga habiendo alguien que levanta la persiana por la mañana. Que lo público compre suelo para hacer vivienda no escandaliza a nadie. Comprar planta baja para sostener la vida de un barrio es la misma lógica aplicada a la otra mitad del edificio.

Queda el equilibrio, que es la parte difícil y la que exige valentía. Muchas ciudades están facilitando ahora la conversión de locales vacíos en viviendas, y hacen bien allí donde la calle no tiene ningún futuro comercial: cada local transformado es un hogar, y hogares es justo lo que falta. Pero si eso se hace a demanda, uno a uno, sin haber decidido antes qué calles deben seguir encendidas, acabaremos aliviando la crisis que vemos y agravando la que viene. Viviendas en planta baja con la persiana bajada y la cortina echada, porque nadie quiere que le miren desde la acera, en calles por las que ya no pasará nadie.

Ninguna ciudad se arregla eligiendo entre vivienda y vida. Las dos decisiones se toman a la vez, calle por calle, sabiendo cuáles pueden permitirse perder su zócalo y cuáles no sobrevivirían a perderlo.

Y después hay que encenderlo, porque un zócalo apagado no se ilumina solo.

Denis Itxaso

Denis Itxaso

Consejero de Vivienda del Gobierno Vasco