Con la esperanza  de que el año termine por arreglarse casi perdida, muchas agencias inmobiliarias, sobre todo las de zonas turísticas, se afanan por sobrevivir. Y no es una tarea fácil, las limitaciones a la movilidad están poniendo muy cuesta arriba las visitas a sus clientes nacionales y prácticamente imposible a los extranjeros. De esta forma es muy difícil poder enseñar una vivienda y casi imposible poder venderla.

La situación, aún siendo mala, difiere mucho entre la España del interior, las grandes ciudades, la cornisa cantábrica y las zonas turísticas del Mediterráneo y las islas. Así, mientras que en la Costa Verde se quejan de que el mercado está raro, que no está siendo un buen año y que se avanza a tirones, en el extremo opuesto del mapa, en la Costa del Sol, a más de 1000 kilómetros de distancia, la situación es muy diferente. Sin ingleses ni otros turistas la zona, con Puerto Banús como mejor ejemplo, está desolada. Incluso ya se están comenzando a ver algunos robos en locales de hostelería cerrados.

Tampoco está mucho mejor la realidad en las islas, también sin turismo o en Levante, donde tan sólo el cliente nacional, que se escapa y aprovecha resquicios para llegar, aporta algunas alegrías. Cunde el desánimo entre profesionales especializados en clientes alemanes o escandinavos, porque ya se está viendo que este verano tampoco va a poder ser. Con limitaciones a la movilidad en los países de origen, limitaciones en España, la vacuna con cuentagotas y la hostelería con ley seca, podemos volver a tener un veraneo como en los 70 pero sin el 600, cliente nacional y cifras ridículas.

Así las cosas hay que reinventarse y sobrevivir, es preciso llegar como sea al 2022 que será el año de la recuperación fuerte y de la vuelta del turismo internacional. O al menos eso hay que creer.

Los ERTEs están ayudando, hay multitud de empresas en teletrabajo que han podido reducir sus gastos. También hay mucho personal que ya no está y algunas inmobiliarias que no cogen el teléfono. Entre el resto la consigna es la misma, reinventarse y sobrevivir.

Eduardo Lizarraga

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Se cambia al cliente extranjero por el nacional, se olvida del chalet o la villa carísima y se vuelve al apartamento de 80.000 y a los alquileres, que a más de uno van salvando los meses. En algunas zonas encontramos que agencias inmobiliarias se han reconvertido en agencias de servicios. Si los clientes no pueden venir se les ayuda para que tengan sus casas preparadas, se cortan los setos y el césped, se limpian y mantienen las piscinas, se hacen chapuzas, reformas y se vigila el conjunto…que lo de los ocupas preocupa a muchos propietarios europeos y no hay nada como una casa descuidada para que se acerque alguien “a mirar”.

Y así, con colaboración, ayudas e ideas se levanta la persiana por la mañana y sin mirar más lejos que al día siguiente se echa el cierre por la tarde. Es cuestión de tiempo que la tortilla se dé la vuelta y hay que estar en la cocina para poder verlo.

Y cambiará, porque hay dinero y como dicen los fondos de inversión “más que nunca”. Lo que no es de extrañar, porque cualquiera deja el dinero en un banco con intereses negativos para los depósitos a partir de los 30 o 40 mil euros. Y de la Bolsa mejor ni hablamos, que eso está para los muy entendidos y a pesar de ello se pillan los dedos. En todo caso los del dinero están esperando a ver cuánto se demora todo esto y cómo van a quedar los precios, que no es cuestión de comprar caro pudiendo esperar unos meses. Incertidumbre le dicen.

Y mientras unos se empeñan en sobrevivir y hacen piruetas todos los días para conseguirlo, los otros continúan dando el mismo espectáculo bochornoso de siempre, convirtiendo las elecciones catalanas en un circo irrepetible.

Como si no fueran ya cómicos y dicharacheros por costumbre, cuando llega un periodo electoral entran en trance y junto a sus asesores son capaces de soltar las mayores tonterías, superadas al día siguiente por el de enfrente…y así sucesivamente. Es de esperar que esta incontinencia verbal y cognitiva se les pase el día 15 por la mañana y vuelvan a su estado habitual, que tampoco es, por desgracia, ni serio ni mucho menos frugal.

Unos compran banderas por kilómetros, otros practican delante del espejo su mejor cara de póker para esgrimir “ese hombre del que usted me habla” sin reírse, o aseguran que con tres “mobil home” y una tienda de campaña se va camino de ser un gran tenedor de viviendas…

Y a todo esto y aunque seguimos con cifras que superan las 600 muertes diarias por la pandemia, algunos hablan de salvar la Semana Santa, sus pasos y sus vírgenes y un juez zumbón decide que hay que abrir los bares en el País Vasco, porque los epidemiólogos son “médicos de familia que han hecho un cursillito” y de esto saben más bien poco, el secreto, debe pensar,  está en el Derecho Romano que tiene un latinajo casi para cualquier cosa.

En este patio de Monipodio en que se ha convertido el país, con los trileros haciendo su agosto, lo esperpéntico ya no sorprende y como en los reality shows más casposos de Tele5 el que dice la mayor tontería es el que chupa cámara y sale en el couché. ¡Bisojos se van a quedar todos nuestros políticos como continúen haciendo guiños al electorado para sacar siete votos más en Cataluña!

La próxima Ley de Vivienda, que ya debería estar en la mesa del Consejo de Ministros ha quedado aparcada por las elecciones del próximo día 14. Pero ello no es óbice, valladar ni cortapisa para que después de la actuación estelar del PP contra la el decreto catalán de vivienda, con el Constitucional fallando en contra, las declaraciones de Jone Belarra exigiendo el 30% de las viviendas de los Grandes Tenedores para alquiler social y la petición de Iglesias de convertir en gran tenedor al que disponga de más de cinco viviendas, la cuestión está de plena actualidad y tiene a varios ministros declarando por doquier.

La iniciativa de UP no sólo ha soliviantado a los grandes propietarios y fondos de inversión, que ya amenazan con los males del infierno y las doce plagas, sino que también tiene a Ábalos descolocado y con la lágrima caída, o eso dice al menos,  porque asegura, que esta propuesta «es un elemento nuevo que contradice las consideraciones de ambas formaciones hasta la fecha». Sabe que todo son fuegos de artificio para meter mayor presión en la negociación y partir de posiciones más favorables, pero sigue el juego iniciado y se mesa los cabellos.

Si no se les ocurre algún otro jolgorio, la semana que viene nuestros distinguidos asalariados volverán a sentarse para intentar llegar a un acuerdo con esta Ley de Vivienda, que puede ser lo más polémico del año. Con la nueva discrepancia de quién es un gran propietario, otros dos son los aspectos que distancian a los socios de Gobierno, la posibilidad de prohibir los desahucios a familias vulnerables y las fórmulas que se adopten para contener el precio de los alquileres. La Ley tiene todas las papeletas y más ahora tras el fallo del Constitucional, para terminar en los tribunales. Y es que el equilibrio entre el derecho a la propiedad y la función social de la vivienda va a ser muy complicado de conseguir. Tenemos todo el año para ir viéndolo no perdiendo de vista, eso si,  la dichosa bolita.