La edad de emancipación de los jóvenes en España supera los 30 años
Estos días las calles y plazas de media España se llenan de jóvenes que reclaman algo tan revolucionario como un techo propio, y no falta quien, desde el sofá de un piso pagado hace décadas, se pregunta por qué no se van a trabajar o, ya puestos, a su casa a ducharse. La pregunta tiene su gracia: muchos de ellos trabajan, y la casa a la que tendrían que ir a ducharse es la de sus padres. Quien lanza ese consejo suele tener vivienda propia o los problemas resueltos para cuando la necesite, pero no habla en nombre de la inmensa mayoría de la juventud española, que acumula contratos, másteres y paciencia mientras sigue durmiendo en la habitación de cuando era adolescente.
Los datos no dejan mucho margen a la épica. Según Eurostat, la edad media de emancipación en España se situó en 30,2 años en 2025, cuatro décimas más que en 2020, cuando estaba en 29,8. Es decir, no solo no mejoramos: vamos a peor, décima a décima, con la constancia de un grifo que gotea.
La situación en Europa y el puesto que ocupamos
Mientras España empuja el indicador hacia arriba, la media de la Unión Europea recorre el camino contrario y baja de 26,4 a 26,3 años. La brecha, que hace cinco años era de 3,4 años, se ha estirado hasta los 3,9 años. Solo Croacia (31,5), Grecia y Eslovaquia (30,9 ambas) retrasan más la salida del hogar familiar; España ocupa la cuarta posición, empatada con Italia.
Conviene subrayarlo porque el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, aseguró en esRadio el pasado 13 de octubre que España es el país de la UE donde los jóvenes se emancipan más tarde. Newtral le desmintió con la tabla de Eurostat en la mano: somos cuartos, no primeros. Un consuelo menor, como presumir de no ser el último en una carrera en la que vas cuarto por la cola. En el otro extremo, Finlandia (21,3 años) y Dinamarca (21,8) emancipan a sus jóvenes casi una década antes que nosotros. Dentro del mismo mercado único, 8,9 años de diferencia.
¿Cuáles son las causas de esta tardía emancipación en Europa y España?
El mapa no es casual. Los países que encabezan la lista comparten un parque de alquiler pequeño y una cultura de la propiedad muy arraigada. Cuando comprar es la única salida realista, uno se emancipa cuando el banco dice que sí, y el banco, últimamente, dice poco. Los nórdicos, Países Bajos o Francia llevan años construyendo un alquiler estable y asequible que permite independizarse sin tener ahorrada una entrada.
En España se juntan todos los ingredientes del desastre: sueldos de entrada laboral raquíticos, inestabilidad contractual, capacidad de ahorro nula y una vivienda cara y escasa. Ferran Font, director de Estudios de pisos.com, lo resume con precisión: el calendario de salida de casa ya no lo marca el joven, sino el mercado. Y a eso se suman los requisitos de solvencia, avales y nóminas que dejan fuera incluso a quien podría pagar. Nada de comodidad generacional: barrera de entrada pura y dura.
¿Y las consecuencias sociales y económicas?
Un joven que no se emancipa no forma un hogar, no tiene hijos cuando querría tenerlos y no consume como lo haría alguien con vida propia. Multiplíquese por millones y el resultado es una pirámide demográfica cada vez más parecida a una peonza, un sistema de pensiones que mira con preocupación la cuna vacía y una economía que renuncia al dinamismo de toda una generación. A eso se añade el desgaste menos medible: la frustración de llegar a los treinta y tantos compartiendo pasillo con padres y, a veces, con abuelos, sin pareja estable a la vista ni esperanza de que las cosas cambien. No es un drama individual; es un problema de país.
La situación de España empeora, ¿hay mejores perspectivas?
El caso de Suecia sirve de advertencia: ha pasado de 17,5 años en 2020 a 23,1 en 2025, el mayor salto de la UE, porque el acceso a la vivienda en sus grandes ciudades se ha deteriorado. Si hasta un modelo tan sólido puede erosionarse en cinco años, imagínese uno que nunca fue sólido. Con la oferta estancada, los precios disparados y la obra nueva a ritmo de procesión, nada invita a pensar que el indicador español vaya a dar la vuelta pronto.
¿Qué se tendría que hacer?
La receta no es un misterio y la repiten los propios expertos: más oferta, sobre todo de alquiler asequible y estable, y un parque público que deje de ser anecdótico. Habría que sumar salarios de entrada dignos, contratos que no caduquen cada seis meses y fórmulas de garantía que no exijan llevar al padre de avalista a cada visita. Todo lo demás es ruido. Mientras tanto, los jóvenes seguirán en las plazas, y los que les mandan a ducharse a casa harían bien en preguntarse a qué casa exactamente.