La vivienda ha vuelto a colocarse, una vez más —y van siete meses consecutivos— como el principal quebradero de cabeza de los españoles. Y no lo decimos nosotros, lo dice el Barómetro del CIS de junio de 2025, que arroja un dato que no deja lugar a interpretaciones: el 32,5% de los encuestados señala la vivienda como su mayor preocupación, por delante de asuntos tan mediáticos y polémicos como la inmigración o la política. Sí, has leído bien. La vivienda. Ese viejo problema sin resolver que se resiste a las reformas, a los decretos, a las promesas electorales y a las soluciones exprés.
Y aunque pueda parecer que la noticia es que este mes ha vuelto a encabezar el listado, la verdadera noticia está en el salto de siete puntos respecto a mayo, una subida que marca un punto de inflexión y que deja claro que el malestar social en torno al acceso a una vivienda digna, asequible y estable sigue creciendo. Se acumulan los meses, se acumulan los porcentajes… y se acumulan las familias que no llegan.
Sube en siete puntos los datos del pasado mes
Con ese 32,5%, el acceso a la vivienda alcanza su segundo mayor registro histórico, solo superado por el 34,1% que marcó en febrero de este mismo año. El CIS, ese termómetro de la percepción social que algunos critican pero todos miran, lo deja meridianamente claro: vivir se ha convertido en un lujo, y eso es algo que a los ciudadanos ya no se les escapa.
No se trata solo de compraventa, de hipotecas imposibles o alquileres abusivos. Se trata de una inseguridad estructural: de no saber si dentro de seis meses vas a seguir en tu casa, de destinar la mitad del sueldo a mantener un techo, o de ver cómo tu hijo adulto sigue viviendo en tu casa porque ni con trabajo puede emanciparse.
La realidad no necesita interpretaciones: hay una emergencia habitacional en España, y el 32,5% del país lo ha dicho en alto.
Le siguen la inmigración y la política
Tras la vivienda, el segundo lugar del podio es para otro clásico contemporáneo: la inmigración, que sube al 18,5% y escala desde la sexta a la segunda posición en un mes. Una subida llamativa, aunque todavía lejos del récord del 30,4% que alcanzó en septiembre. Es difícil desligar esta subida de la actualidad mediática y de ciertos discursos que encuentran en la inmigración un chivo expiatorio muy rentable, pero lo que no se puede negar es que, cuando la vivienda escasea, cualquier percepción de competencia por ella genera tensión.
Y en tercer lugar, otro sospechoso habitual: la política. O mejor dicho, los “problemas políticos en general”, que bajan levemente hasta el 18,4%, pero siguen presentes en casi una de cada cinco respuestas. El cóctel de polarización, crispación, desafección y ruido constante está haciendo mella en una ciudadanía que, cada vez más, desconfía de que sus representantes vayan a ser parte de la solución y no del problema.
Bajan el paro y las menciones al Gobierno y los partidos políticos
Curiosamente, mientras la vivienda sube como la espuma, el paro baja al 15,2%, pasando de la tercera a la séptima posición y marcando su dato más bajo en los barómetros recientes. ¿Significa esto que se han solucionado los problemas del empleo? No exactamente. Más bien significa que tener trabajo ya no garantiza poder vivir dignamente. El precariado se ha instalado como modelo y, aunque haya contratos, los sueldos siguen lejos de compensar el coste de la vida. El problema ya no es encontrar trabajo, sino que el trabajo te permita tener una casa. Y eso, claro, tiene mucho que ver con el primer punto de este artículo.
También descienden las menciones al Gobierno y los partidos políticos. En mayo estaban en quinta posición con un nada desdeñable 18,1%, y ahora bajan al 13,7%, octava posición. ¿Se han ganado la confianza de los ciudadanos? Sería bonito pensarlo, pero más bien parece que el hartazgo ha dado paso a la resignación.
Un año de emergencia habitacional… y lo que queda
Se cumple ya un año desde que la vivienda escaló posiciones entre las principales preocupaciones de los españoles, y su permanencia en el primer lugar durante siete meses consecutivos apunta a que estamos ante una situación crónica y estructural, no coyuntural. A estas alturas, ya no hablamos solo de precios altos: hablamos de un mercado disfuncional, de falta de parque público, de especulación impune y de una regulación insuficiente.
El llamado mercado libre ha demostrado que no se autorregula cuando se trata de un bien básico como la vivienda, y los intentos de intervención pública, como la Ley de Vivienda o los topes al alquiler, han llegado tarde, mal o incompletos.
¿Soluciones? Sí, hay algunas sobre la mesa. Desde la creación de más vivienda pública en alquiler asequible hasta la fiscalización de los pisos turísticos o el refuerzo de las ayudas al alquiler joven. Pero ni son suficientes ni están implementadas con el ritmo necesario. Mientras tanto, cada mes, las estadísticas suben… y la paciencia baja.
El mercado no regula lo que no le interesa
El diagnóstico de los ciudadanos es claro: el problema de la vivienda no es nuevo, pero sí más grave que nunca. Y las causas están más que identificadas: salarios estancados, precios disparados, fondos buitre campando a sus anchas, alquileres turísticos que vacían barrios, leyes que tardan en aplicarse y comunidades autónomas que las sortean.
¿Y quién lo sufre? La gente corriente, esa que necesita una casa para vivir y no para especular. Las familias, los jóvenes, los mayores, los que trabajan por cuenta ajena, los autónomos. Esa mayoría social que ya no exige lujos, sino dignidad.
Mientras tanto, los lobbies inmobiliarios siguen defendiendo que todo va bien, que el mercado es soberano y que poner límites es una herejía económica. Pero claro, eso lo dicen desde sus despachos con aire acondicionado, no desde un piso de 60 metros a 1.200 euros al mes.
Cuando el barómetro del CIS suena, algo se mueve (o debería)
Los datos del CIS no solucionan los problemas, pero sí los ponen delante de nuestras narices. Que un tercio del país diga que la vivienda es su mayor preocupación debería ser suficiente para que se desencadenaran medidas urgentes, contundentes y estructurales. No parches. No promesas. No titulares.
Lo que hace falta es planificación, inversión, voluntad política y firmeza ante quienes hacen negocio con la necesidad ajena. Lo que hace falta es recordar que la vivienda es un derecho, no una mercancía, aunque algunos se empeñen en lo contrario.
Y si no lo hacen por principios, que lo hagan por pragmatismo: cuando la vivienda lidera los barómetros durante meses, el voto también se resiente. Porque sí, los ciudadanos lo están diciendo alto y claro: la vivienda vuelve a ser el mayor problema de España. Y ya va siendo hora de que deje de serlo.
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