Cada vez son más los españoles que consideran que el problema de la vivienda es el más grave que atraviesa el país. La dificultad para acceder a un techo, los precios desorbitados de compra y alquiler, y la falta de oferta asequible han situado esta cuestión en el centro del debate social y político. Según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), publicado en octubre, el 37,1% de la población señala la vivienda como su principal preocupación, un nivel que roza el máximo histórico alcanzado durante la burbuja inmobiliaria de 2007. La vivienda, convertida ya en un producto de lujo inaccesible para buena parte de la población, ha dejado de ser una aspiración para convertirse en un problema estructural.

Estamos ya en un nivel de preocupación que roza el máximo de la serie histórica

La encuesta del CIS confirma un dato alarmante: la preocupación por la vivienda se consolida por undécimo mes consecutivo como el principal problema nacional. Desde diciembre del año pasado —cuando ocupó por segunda vez ese lugar desde que se inició la serie en 1985—, el porcentaje de ciudadanos que señalan esta cuestión no ha dejado de crecer. En apenas diez meses, se ha pasado del 22,3% de encuestados que mencionaban el tema a finales de 2024 a casi el 37% en octubre de 2025, una cifra que nos sitúa en niveles no vistos desde hace 18 años. El incremento refleja una preocupación estructural y creciente, que no solo afecta a quienes buscan vivienda, sino a toda la sociedad, al entenderse como un problema que amenaza la cohesión social y el futuro de las nuevas generaciones.

Junto a la vivienda, la inmigración y la calidad del empleo

La vivienda comparte protagonismo con otros dos grandes temas que inquietan a la población: la inmigración y la calidad del empleo. La primera es mencionada por el 20,5% de los encuestados, mientras que el 18,3% considera que el empleo precario es una de las principales cuestiones a resolver. Sin embargo, la vivienda se distancia claramente del resto, situándose en la cúspide de la lista con una diferencia de casi 17 puntos sobre el siguiente problema. Esto refleja un cambio profundo en las percepciones sociales: el acceso a una vivienda digna ya no se percibe como un tema puntual, sino como un síntoma del deterioro de las condiciones de vida y de la falta de soluciones efectivas por parte de las administraciones.

Desde el 22,3% de los encuestados a finales del año pasado a rozar en octubre el récord de hace 18 años

El salto porcentual del 22,3% al 37,1% en menos de un año es más que una cifra estadística: es la expresión del malestar social acumulado. Cada mes, el precio de la vivienda sigue subiendo —tanto en compra como en alquiler— y los salarios no acompañan ese ritmo. Los jóvenes ven imposible emanciparse, las familias soportan hipotecas más caras por el aumento del euríbor, y quienes alquilan sufren subidas descontroladas en ciudades como Madrid, Barcelona o Málaga. Mientras tanto, la oferta de vivienda pública y asequible sigue siendo insuficiente, y los anuncios gubernamentales apenas se traducen en medidas reales a corto plazo. Todo ello configura un escenario de tensión habitacional que afecta al conjunto del país.

Destaca el aumento de la inquietud por el paro

El barómetro también revela un repunte de la preocupación por el paro y la situación económica. En solo un mes, el desempleo ha escalado cuatro posiciones, pasando del 14,2% al 16,9% de los encuestados. Este aumento está directamente relacionado con la incertidumbre económica general, pero también con el impacto que tiene el precio de la vivienda en el poder adquisitivo. El coste del alquiler o las hipotecas absorben una parte cada vez mayor de los ingresos, lo que agrava la precariedad de los trabajadores. El acceso a la vivienda se convierte, así, en un problema económico de primer orden, que condiciona el consumo, el ahorro y el desarrollo personal.

También aparece la vivienda en lo personal de los encuestados

Más allá de la percepción general, la vivienda emerge también como la principal preocupación personal para el 26,2% de los ciudadanos, superando incluso a los problemas económicos (24%) y a la sanidad (20%). En el plano individual, esto se traduce en la angustia por no poder pagar el alquiler, la dificultad para conseguir hipotecas o la falta de alternativas habitacionales. El fenómeno afecta a todos los tramos de edad, aunque los jóvenes y las familias monoparentales son los más golpeados. La pérdida de esperanza en poder acceder a una vivienda digna está generando una fractura generacional que amenaza con enquistarse en el tiempo.

El espejo de una sociedad tensionada

La vivienda se ha convertido en el espejo donde se reflejan los desequilibrios sociales y económicos del país. La falta de políticas de vivienda eficaces, la especulación urbanística y el peso del turismo residencial en algunas zonas están transformando el mercado inmobiliario en un territorio inaccesible para la mayoría. Las grandes capitales concentran el problema, pero también lo sufren municipios costeros y medianas ciudades donde la presión de la demanda extranjera eleva los precios. La consecuencia es una España cada vez más dual: quienes tienen propiedad y ven cómo su valor se revaloriza, y quienes se ven excluidos del derecho a una vivienda por precios imposibles.

Una alarma que exige respuestas

La creciente preocupación ciudadana debería ser interpretada como una llamada de atención urgente a las administraciones. La falta de vivienda asequible no solo limita el acceso a un bien básico, sino que impide el desarrollo personal, dificulta la natalidad y agrava la desigualdad. España necesita una estrategia integral que combine promoción pública, control de precios, incentivos fiscales y regulación del alquiler. Sin medidas contundentes, el problema seguirá creciendo hasta convertirse en una crisis social de primera magnitud.

El hogar, lejos de ser un derecho, se ha convertido en un lujo

La vivienda ha dejado de ser un problema sectorial para convertirse en una cuestión de Estado. Los datos del CIS reflejan una realidad que millones de españoles viven cada día: el hogar, lejos de ser un derecho, se ha convertido en un lujo. La evolución de las cifras confirma que el problema no se resolverá sin una acción decidida. Mientras tanto, el malestar social aumenta y con él la percepción de que el modelo económico actual deja fuera a quienes simplemente buscan un lugar donde vivir.

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