¿Quién va a levantar las viviendas prometidas?

Estamos en plena temporada de promesas de ladrillo. Cada político que sube a un atril saca de la chistera su propia cifra de viviendas, y la subasta no deja de crecer. Ya hay quien ha prometido un millón de viviendas en cuatro años. Nadie ha explicado todavía de dónde van a salir los currelas para construirlas.

Conviene mirar los números antes de aplaudir. El año pasado España terminó unas 95.000 viviendas, y una parte no pequeña eran de alto standing pensadas para el comprador de segunda residencia, que no suele tener problemas para encontrar techo. Según el Banco de España, arrastramos un déficit de unas 800.000 viviendas y cada año lo engordamos en otras 140.000. Para cumplir la promesa del millón habría que multiplicar por más de dos y media la producción actual con las mismas manos que ya no llegan.

Y aquí viene el detalle que estropea los mítines. La Confederación Nacional de la Construcción (CNC) calcula que el sector necesitará incorporar alrededor de 700.000 trabajadores en los próximos años para cubrir jubilaciones y la actividad prevista. Mientras tanto, los mismos discursos que prometen grúas en cada esquina anuncian que van a “remigrar” a una mano de obra extranjera que ya supone cerca del 18% de los trabajadores de la obra. Construir más con menos gente es un truco que ni Houdini. Misterios de las campañas electorales, siempre generosas en disparates y pródigas en ignorancia.

España no es la única: Europa necesita dos millones de trabajadores

Que no cunda el pánico patrio, porque el mal es continental. La Federación Europea de la Industria de la Construcción (FIEC) estima que la Unión Europea necesitará unos dos millones de trabajadores adicionales antes de 2030. El Reino Unido calcula que le faltarán 206.000 entre 2026 y 2030, y Estados Unidos necesita sumar 349.000 nuevos trabajadores este año y otros 456.000 en 2027.

El último informe de la Autoridad Europea del Trabajo sitúa a los electricistas de la construcción en el tercer puesto de las ocupaciones con más escasez en Europa y a los fontaneros e instaladores en el quinto. Todos los países buscan en el mismo caladero, así que importar a los trabajadores que faltan va a ser cada vez más difícil y más caro.

Cada jubilación se lleva un oficio y no hay recambio

En la próxima década se jubilará buena parte de la generación que sabe hacer las cosas, la que aprendió a la vieja usanza, a pie de andamio. Según BBVA Research, cerca del 68% de los albañiles supera los 45 años. Cuando se va un oficial de primera con treinta años de oficio se lleva un conocimiento que no viene en ningún manual.

El dato más inquietante es reciente: en el segundo trimestre de 2026 la construcción sumó 60.000 empleos, pero en un año perdió 100.400 profesionales cualificados. El sector crece en número y adelgaza en experiencia. Y a la juventud, francamente, la obra no le seduce: trabajo al aire libre con calor o helada, esfuerzo físico, siniestralidad y cero glamour. Ningún influencer se graba poniendo ladrillos. ¡Houston, tenemos un problema!

Los especialistas que más necesitamos

La escasez no afecta a todos por igual. Las patronales calculan que faltan unos 70.000 electricistas y que al menos el 30% de los instaladores se jubilará en diez años. En fontanería hay unas 25.000 vacantes, y entre carpinteros, electricistas y fontaneros se suman 95.000 puestos sin cubrir. Encofradores, pladuristas y soldadores completan la lista. Desde 2016 las vacantes sin cubrir se han multiplicado por cuatro. Quien haya intentado encontrar un fontanero un viernes por la tarde ya lo sabía sin necesidad de estadísticas.

La construcción industrializada es una solución, pero tiene sus problemas

Siempre aparece el comodín tecnológico. En Francia se habla de un robot capaz de sustituir a una cuadrilla de cinco albañiles colocando ladrillos, y la construcción industrializada promete fabricar módulos en nave y montarlos en semanas. Suena muy bien, pero hay que montar y pagar las fábricas y el sector necesita series largas para amortizarlas. Además, la normativa urbanística sigue pensada para la obra tradicional y alguien tiene que montar, conectar e instalar esos módulos. El robot no hace la instalación eléctrica ni acude a la urgencia del baño. La industrialización cambia el perfil del trabajador que se necesita, pero sigue necesitando trabajadores.

Salarios y condiciones laborales

Las empresas han empezado a subir sueldos. El convenio fija un mínimo de 20.298 euros brutos anuales, un oficial de primera puede superar los 28.000 euros y un albañil con más de veinte años de oficio puede rondar los 36.000. Es una mejora, pero no compite con un trabajo bajo techo, sin riesgo de caída y con horario de oficina. Mientras la obra siga asociada a precariedad, accidentes y destajo, el dinero por sí solo no llenará los tajos. La incorporación de mujeres avanza, con un récord de 166.833 afiliadas en 2025, pero solo suponen un 11,5% del total, de modo que el margen sigue siendo enorme.

La formación hay que planificarla

Un electricista no se fabrica en una legislatura. La Formación Profesional es la gran baza, pero necesita plazas, centros con talleres de verdad, prácticas en empresa y un prestigio social que hoy no tiene. Planificar exige saber cuántos profesionales de cada oficio harán falta dentro de cinco y diez años, y formar en función de eso, no del último titular electoral.

¿Alguna solución a corto y medio plazo?

A corto plazo, la única palanca rápida es la inmigración ordenada, con contratación en origen y homologación ágil de títulos. Es justo lo contrario de lo que algunos proclaman en campaña. A medio plazo toca combinar FP dual, mejores condiciones laborales, industrialización realista y una apuesta seria por incorporar mujeres y jóvenes. Prometer un millón de viviendas sale gratis en un mitin. Levantarlas, ladrillo a ladrillo, requiere gente, y esa gente o se forma, o se atrae, o no hay casas.