El dato que todo el mundo va a repetir esta semana es el bueno: la construcción sumó 60.000 ocupados en el segundo trimestre de 2026 y fue, con diferencia, el sector que más creció del país. El dato que casi nadie va a repetir es el que de verdad importa: en ese mismo periodo, el colectivo de oficios cualificados —albañiles, encofradores, ferrallistas, fontaneros, electricistas, carpinteros— perdió 100.400 trabajadores en términos interanuales, la mayor caída desde 2020. La construcción crece en titulares y se vacía por dentro, y esa contradicción explica bastante mejor que cualquier discurso institucional por qué las viviendas tardan tanto en levantarse y por qué van a tardar más.

 La construcción continúa perdiendo trabajadores cualificados

Lo llamativo no es solo la cifra, sino la tendencia. El peso del oficio cualificado sobre el empleo total español ha caído del 12,28% de hace quince años al 10,33% actual, el porcentaje más bajo de toda la serie disponible desde 2011. Es decir, mientras el país generaba 510.300 empleos en el último año, la construcción cualificada retrocedía en peso relativo. No es un bache puntual ni un efecto estacional: es una sangría sostenida que lleva más de una década de recorrido y que ningún plan de vivienda, por ambicioso que sea sobre el papel, ha conseguido revertir. Se puede aprobar todo el suelo finalista que se quiera; sin manos que levanten el edificio, el suelo se queda en eso, suelo.

El relevo generacional que no llega

Aquí está la raíz del problema, y conviene decirlo sin adornos: a los jóvenes españoles la construcción no les interesa. Es un oficio que se ejerce al aire libre, con temperaturas extremas, jornadas físicamente exigentes y una siniestralidad laboral que sigue siendo de las más altas de toda la economía. Ningún plan de «atracción de talento» compite con la comodidad de una oficina climatizada o la flexibilidad de otros sectores en auge. La Estadística de Flujos del INE lo confirma con crudeza: la tasa de renovación del oficio cualificado se ha desplomado al 3,84%, mínimo histórico de la serie, por debajo incluso del trimestre del confinamiento. Las entradas desde el paro a estos oficios cayeron un 37,9% en un año. El grifo que antes surtía de mano de obra nueva al sector se ha cerrado casi del todo, y nadie parece tener un plan B convincente más allá de repetir la palabra «formación» en cada convención sectorial.

Tener más empleo no significa mejores expectativas

El error de lectura más habitual estos días es confundir crecimiento del empleo con salud del sector. No es lo mismo. La construcción crece fichando a gente que ya trabajaba en otro sitio —muchas veces en la propia construcción, robándose plantilla unas empresas a otras— y no incorporando talento nuevo desde el paro o la inactividad. Solo 42.900 personas entraron al sector desde el desempleo este trimestre, una cifra irrisoria frente a las necesidades reales. Ese modelo de «crecimiento por trasvase» tiene un límite evidente: cuando ya no queda gente cualificada que fichar de la competencia, el crecimiento se para en seco, y eso ya empieza a notarse en provincias donde el paro del sector está prácticamente agotado, como Álava o Burgos.

Consecuencias para la construcción de vivienda

Todo esto se traduce directamente en el bolsillo del comprador y en el calendario de entrega de las promotoras. Cuando el crecimiento del empleo se consigue pujando por los mismos equipos, el ajuste llega por la vía salarial y por la subcontratación en cascada, y ese sobrecoste acaba encareciendo el metro cuadrado con independencia de lo que hagan los materiales. Pero el efecto más grave es el de los plazos: un sector que renueva su plantilla al 3,84% no puede escalar la producción al ritmo que exigen los planes de vivienda asequible que tanto se anuncian. La capacidad real de entrega de viviendas al año depende hoy más de cuántos oficiales de obra existen que de cuánto suelo esté disponible o cuánta financiación haya sobre la mesa. Se puede tener el proyecto aprobado y la hipoteca concedida; si no hay quien ponga los ladrillos, la vivienda no aparece.

Situación en los próximos años

No hay motivos para pensar que esto vaya a mejorar por sí solo. La pirámide de edad de los oficios cualificados sigue envejeciendo, la incorporación de mano de obra extranjera —que durante años amortiguó el problema— se ha ralentizado, y ningún indicador apunta a un cambio de tendencia a corto plazo. Lo razonable es esperar que la brecha entre demanda de vivienda y capacidad real de construcción se siga ensanchando, con obras que se retrasan, promotoras que compiten a golpe de talonario por los mismos gremios y un coste de construcción al alza aunque el precio de los materiales se relaje.

Posibles soluciones si es que las hay

La única vía que empieza a mostrar algo de recorrido real, más allá de las buenas intenciones, es la industrialización del sector: construcción modular, componentes fabricados en nave con procesos controlados y montaje en obra reducido al mínimo imprescindible. Es sacar buena parte del oficio de la intemperie y del riesgo físico que hoy espanta a los jóvenes, y trasladarlo a un entorno de fábrica, con horarios más estables y una siniestralidad muy inferior. Lleva más de una década hablándose de ello sin terminar de despegar, pero los datos de esta EPA convierten esa alternativa en algo más que una moda de sostenibilidad: es, cada vez más, la única salida lógica a una restricción de mano de obra que ya no se puede seguir maquillando con buenos titulares trimestrales.