Como no podía ser menos en eso de la defensa del consumidor y la permisividad de prácticas delictivas a los bancos y entidades financieras, nuestro país se coloca a la cola de Europa. Y a la cola del todo, porque somos el único estado europeo que permite el acoso de las empresas de recobro hacia los particulares. ¿Cómo lo habrán conseguido?

Y con esos mimbres, estas empresas han florecido en los últimos años y campan a sus anchas en España, disputándose con sus malas prácticas un pastel que ya supera los 3.000 millones de euros anuales. Es la ausencia de esa regulación la que las convierte en verdaderos acosadores de miles de españoles que, afectados por la crisis hipotecaria o prendidos en el anzuelo de los créditos fáciles, se encuentran en una mala situación económica y con deudas.

Todo comienza con una deuda que no se puede pagar en sus plazos y con unas empresas que prefieren el acoso sistemático que el recurso al juzgado, que les puede salir más caro y no siempre con buenos resultados. Sobre todo cuando los créditos concedidos tienen cláusulas o intereses abusivos o de usura, que son la gran mayoría de los casos.

Porque muchos de los préstamos hipotecarios contienen cláusulas abusivas, están titulizados o tienen una protección especial que puede hacer que se pare el procedimiento. Por otro lado, esos llamados “préstamos fáciles”  por medio de tarjetas de crédito o canales on line” tienen unos intereses tan abusivamente altos, que en caso de retraso en el pago se puede hacer muy difícil pagar la totalidad de la deuda en un plazo razonable. Son entidades como Cofidis , Carrefour Pass, Consumer Finance, Zaimo, Wizink, Money Man… Seguro que las habéis visto anunciarse por la tele. Todos ellos sobrepasan de largo el precio máximo del dinero marcado para que los intereses no caigan en la usura…pero ahí están, con el visto bueno del Banco de España que, como entidad supervisora debiera impedir sus actividades y que no tengan que ser los juzgados,  los que después de procedimientos largos y costosos, suelen anular los intereses usureros cobrados y sentenciar su devolución.

Es a partir del impago cuando comienza el calvario. Las entidades financieras confían, en algunos casos, en estas empresas el cobro de las deudas a cambio de una comisión. En otros, y es peor, venden el crédito moroso a otras empresas financieras y fondos buitre, cercanas al lado oscuro de la vida,  por una mínima parte de su valor. Y éstas se encargarán de intentar cobrar el 100% más los intereses.  Y el teléfono comienza a sonar.

En principio son llamadas aisladas, de tanteo, espaciadas en el tiempo y con un perfil bajo, casi cordiales e informativas de la situación. A partir de ahí, si no se paga, las llamadas comienzan a hacerse más frecuentes, casi obsesivas. A cualquier hora del día, hasta por la noche, cinco, diez, veinte veces diarias e incluso más. Y comienzan las amenazas y coacciones. Que no nos extrañe que se llame a familiares, a vecinos, a amigos…incluso al trabajo y se les informe de la situación y de la deuda que se mantiene,  intentando que hablen contigo y que te convenzan de la conveniencia de pagar antes de que te lleven al juzgado.

Y así, como se incrementa la frecuencia de las llamadas, hasta el punto del acoso, también aumenta la presión del vocabulario y la intensidad de las amenazas; hasta llegar al quebranto psicológico.

Las palabras embargo, deuda, costas judiciales, cárcel, policía … menudean en las llamadas, provocando temor en los deudores poco informados y que al no ser, en un 99% de los casos, profesionales de la morosidad, se ven atemorizados por la posible reclamación judicial.

El desconocimiento de cómo funciona la reclamación de una deuda impagada en un proceso judicial, hace que muchas personas así coaccionadas paguen sin comprobar si  la cantidad que le reclaman se corresponde o no con la realidad. Y con ello, se favorece e incrementa la actuación de estas empresas, profesionales del acoso y la amenaza.

Hay que tener claras varias verdades evidentes: nadie va a la cárcel por el impago de una deuda. Es una reclamación civil y no penal. La empresa financiera que acosa, nunca puede denunciar. Solo puede interponer una demanda civil en la que, como mucho, solo puede resultar una condena a pagar la deuda, pero nunca a prisión.

Tampoco va a llegar la policía a la casa para detener al deudor…esta es otra de las amenazas que realizan cuando las personas son mayores o poco informadas y conseguir así, que se pague sin ningún control lo que pidan. El impago de deudas es una cuestión civil y no penal, nunca irá la policía.

Tampoco van a embargar nada mientras no se produzca un procedimiento judicial completo, con una demanda civil con los plazos pertinentes para que se conteste a las requisitorias del juzgado. A partir de ese momento se tendrá que celebrar un juicio con una sentencia, que podrá ser o no condenatoria y proceder o no al embargo.

La principal razón para no pagar lo que se nos solicita es que la mayor parte de los préstamos, tarjetas, hipotecas, revolvings y similares, tienen cláusulas o intereses usureros que convierten la deuda reclamada en mucho mayor que la legal correspondiente. Eso cuando la deuda no está prescrita, lo que no es óbice para que las financieras  casi mafiosas, continúen reclamándola por si amedrentando logran el pago, sabiendo que en un Juzgado nunca ganarían la reclamación.

Y si se llega al embargo, hay que saber que hay cantidades de salarios y pensiones inembargables y que a nadie le pueden dejar sin nada. La escala comienza en el mantenimiento del 100% del SIM, del 70% del siguiente tramo…

Y si las llamadas continúan y nos sentimos acosados por ellas, queda armarse de paciencia, que lo de recurrir al maestro armero aún no es legal, pero también presentar una denuncia en el Juzgado de guardia, aportando la pruebas que se tengan…no suelen dejar pistas en forma de SMS o whatsapp, con lo que la única solución que queda son las grabaciones de las llamadas para acreditar el acoso y la amenaza y advirtiendo de la grabación. Como por arte de magia, cuando se tiene un buitre al teléfono, las llamadas desaparecerán.

Eduardo Lizarraga

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