Desde la salida de la pandemia se viene advirtiendo de las escandalosas subidas de precios protagonizadas por las grandes empresas, eléctricas, gasistas, hidrocarburos, bancos y alimentación entre otras. Cuando se ha indicado algún caso particularmente sangrante con la comida, como es Mercadona, distintos poderes mediáticos y políticos han salido a defender a Juan Roig, su presidente. Desde acusaciones de comunistoides de baja a estofa a socialistas que quieren meter su mano en las carteras de los honrados empresarios que hacen país y sin los que los puestos de trabajo no existirían. Toda la caverna mediática y la que no lo es, se echaron a la calle contra los que criticaban unos beneficios desmesurados.

Ahora,es  el Banco Central Europeo (BCE), poco sospechoso de comunista, quien  ha confirmado en una reunión privada que en el origen de la inflación que padecemos, los beneficios empresariales tienen su parte de culpa. No parece tan disparatado penalizar con impuestos estos beneficios extraordinarios para que colaboren con el país.

Según Reuters, citando a fuentes presentes en dicho encuentro, que tuvo lugar en Finlandia,  las cifras demuestran que el incremento de los márgenes de beneficios de las empresas han aumentado, en lugar de reducirse, que sería lo más lógico en un escenario como el actual. Por tanto, la inflación está provocada, precisamente, por la codicia corporativa que ha aumentado de manera artificial los precios de la energía, los alimentos y otros productos básicos.

El BCE ha señalado con claridad que las empresas han estado elevando los precios por encima de sus costos a expensas de los consumidores y las clases medias y trabajadoras.

El problema de mantenerse la inflación, que golpea sobre todo a las clases trabajadoras, unida a la desmesurada subida del euríbor, va a ser un recrudecimiento de la lucha sindical para subir los salarios, porque de momento y con la promesa de que la inflación bajará, estas subidas están muy contenidas. Así, en la Zona Euro los salarios están subiendo una media muy inferior a la inflación provocada por los beneficios extraordinarios de las empresas. Esto, según el BCE, está generando un empobrecimiento medio del 5% de la ciudadanía.

En España, la supuesta cuarta economía de la Eurozona, la situación es mucho más grave, dado que se pagan salarios por debajo de los niveles de pobreza, por lo que el incremento artificial de los precios por parte de las grandes corporaciones de todos los sectores ha tenido un impacto mucho mayor. Llegar a fin de mes, con los precios de la alimentación disparados, los alquileres como nunca y las hipotecas subiendo por encima del 50%, no es hacer equilibrios, es magia pura y su ración de sufrimiento.

Pero, como no podía ser de otra manera, el vicepresidente del BCE, nuestro conocido Luis de Guindos – Lehman Broters y recortes Rajoy- en vez de poner en el punto de mira a las grandes empresas, ha advertido sobre las reivindicaciones de las clases medias y trabajadoras. En concreto, afirmó que el supervisor de la Eurozona debía tener mucho cuidado por si los sindicatos exigen subidas salariales, que con un efecto llamado de segunda vuelta obligaría a incrementar aún más el precio del dinero.

Está claro que les va a resultar más sencillo actuar en contra de los trabajadores que de sus socios, amigos y compañeros en finanzas y empresas.

Para responder a las acusaciones de trabajadores, sindicatos y algunos partidos políticos, estas grandes corporaciones, publican constantemente comunicados en los que justifican las subidas de precios por sus costes externos. Costes que están bajando, pero lo que reflejan en su lugar son incrementos de precio en sus productos. Lo peor es que por un lado casi piden perdón por verse obligados a subir sus precios y por otro comunican a sus accionistas beneficios extraordinarios de miles de millones con los que remuneraran las acciones y darán jugosos bonus a sus directivos.

Cuando los precios que cobran las grandes empresas a los consumidores superan con creces el coste empresarial, eso se llama codicia, simple y llanamente. Está claro que las corporaciones no han compartido la carga que las familias cotidianas han soportado durante la pandemia y la recuperación económica y, en cambio, han trasladado innecesariamente aún más costes a los consumidores para engordar sus beneficios. Pero los malos son los que lo denuncian.